Areópago Diálogo

“Hacia una cultura del encuentro"

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Sobre el aborto

Estos últimos meses  Irlanda y Argentina han votado leyes que despenalizan el aborto.  La prensa nos recuerda que durante años se ha intentado que se legalizara la muerte de estos pequeños inocentes. Las asociaciones pro-aborto no han parado y han insistido una y otra vez hasta que han conseguido su fin; y después hemos visto cómo se ha celebrado en las calles la victoria de la muerte.

Estas votaciones nos interrogan: ¿Las personas, los grupos sociales que creemos en la vida somos tan activos como los grupos contrarios a la vida?  Percibimos una sensación de derrota, parece que los que creemos en el derecho a la vida de todo ser humano hemos arrojado la toalla ante este silencioso holocausto. Muchos dicen: «no podemos hacer nada, hemos perdido la batalla en favor de la vida».

¿Qué ha pasado en nuestra sociedad para que ningún grupo del arco parlamentario sea defensor de la vida del no nacido? Durante años nos han vacunado poco a poco y el virus provida está anestesiado. Nuestras sociedades consideran un grave problema la crisis económica y creen un avance de derechos que se legalicen el aborto y la eutanasia.

Hace unos años alguien recriminaba a un político el cambio de postura de su partido respecto al aborto, y el político respondía: «parece que te importa más el aborto que la grave crisis económica». Aquel pobre hombre, reflejo de nuestra sociedad, no había entendido que una vida humana es infinitamente más importante que todas las medidas dirigidas a aumentar el consumo de las personas y la mejora de las condiciones económicas.

Es urgente que empecemos a recuperar espacios para la vida. Es un imperativo para todos mostrar a la sociedad, adormecida por la fiebre del consumo y del egoísmo, la belleza del amor, la alegría de una vida nueva, el gozo y el don que supone el nacimiento de un hijo.

Hay quienes optan por la queja de los tiempos que toca vivir, lamentarse porque hemos perdido todas las batallas. Eso no sirve de mucho. Lo que está en nuestras manos es ser levadura y fermento en la sociedad. Levadura de la civilización del amor y fermento de nuevos tiempos que reviertan la anestesia social ante el horrendo crimen del aborto.

 

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Necesitamos hombres y mujeres de Estado

En los últimos días hemos vivido en España una situación que inesperadamente ha dado la vuelta al panorama político, hasta tal punto que en pocas horas hemos estrenado gobierno.

A poco que uno se detenga a analizar los hitos principales de las últimas semanas, el asombro y la indignación se asoman. No hay atisbo alguno, en ninguno de los representantes políticos, de búsqueda del bien común.

Los que una semana antes aprobaban unos presupuestos que configuran, definen y encaminan la vida del país para todo un año, días después retiran la confianza a quienes la demandaron con este fin.

Quien quizás tenía que haber pensado en una dimisión a tiempo, que pusiera en marcha el mecanismo de unas elecciones donde el voto de los ciudadanos sea quien decida el futuro de la nación, tampoco activa este mecanismo.

Hay otros que no han tenido problema en pactar con aquellos que renuncian a la unidad de España, que promueven el independentismo radical y que incluso, se permiten denostar nuestro estado de derecho, aludiendo a él como el “régimen del 78”.

¿Pretendemos echar balones fuera y culpar sólo a la clase política de semejante desaguisado?

La respuesta es un rotundo no. Si bien es cierto que España necesita verdaderos hombres y mujeres de Estado, que trabajen y promuevan el bien común no lo es menos que en cada una de las elecciones, los ciudadanos tenemos en nuestra mano, elegir si queremos seguir perpetuando a unos políticos que miran mucho más a las encuestas, que al presente real y al futuro de un país que sin duda merece que todos arrimemos el hombro y demos lo mejor de nosotros mismos.

Winston Churchill decía: “El político se convierte en estadista, cuando comienza a pensar en las próximas generaciones y no en las próximas elecciones”.

Necesitamos con urgencia estadistas, hombres y mujeres de bien y de algo más: responsables y decididos a trazar un futuro de convivencia y desarrollo estables y verdaderamente beneficiosos para esta gran nación, España.

Seamos también electores responsables y decididos a colaborar con nuestro voto en la buena dirección.

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Regalos solidarios en BBC

“BBC”. Así se conoce en el lenguaje periodístico y comercial a las bodas, bautizos y comuniones que mayoritariamente se celebran en los meses de mayo, junio y julio. Meses por excelencia para realizar estos acontecimientos que se convierten en grandes quebraderos de cabeza para muchas familias, que pierden el sentido de lo que realmente celebran, un sacramento. Son meses donde mucha gente tira la casa por la ventana, donde el consumo y el derroche toman protagonismo; donde el desembolso económico es en ocasiones difícil de asumir por las familias. Tanto es así que el verdadero motivo de celebración, como es el bautismo, el matrimonio o la Primera Comunión quedan en segundo plano o incluso como algo anecdótico. Es una excusa para un gran boato.

Al margen de esto estas celebraciones tan especiales pueden ser un buen momento para ser solidario y colaborar con una buena causa como es realizar un donativo, con el importe del dinero de los regalos que se entregan a los invitados de la fiesta a entidades como Cáritas, Manos Unidas u otras organizaciones no gubernamentales. Un detalle, simbólico, que muestra el compromiso con aquellos que no podrán hacer una gran celebración; o que permitirá ayudar en la investigación de alguna enfermedad; o que hará que otros niños sean más felices. Un gesto que pone de manifiesto que en la celebración también están aquellos que necesitan de nuestra generosidad. Un poco es mucho.

Del mismo modo que los organizadores de las bodas, bautizos o comuniones reciben regalos de los invitados – que en muchas ocasiones no les hace falta-, también se puede trasladar la generosidad a los demás. Compartir la alegría con los que más lo necesitan, es uno de los lemas de Cáritas en Toledo, para animar a la caridad y a la verdadera generosidad.

Frente al consumo desmesurado de la sociedad en este tipo de acontecimientos festivos, realizar un simple gesto solidario dice mucho de nosotros. Puede ayudar a muchas personas. Los invitados también serán cómplices de la iniciativa y sobre todo será un evento de gran corazón.

En Jornadas como el Día de la Caridad, que celebra Cáritas coincidiendo con la Fiesta del Corpus Christi, quizás sería bueno reflexionar sobre nuestro compromiso con los que menos tienen.

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Primeras Comuniones y jueces

primera comunión

Mes de mayo, mes de las Primeras Comuniones, mes de celebraciones religiosas y familiares y mes donde también llegan las discusiones y riñas entre padres separados o divorciados por la decisión de si “la niña o el niño tiene que o no que hacer la Primera Comunión”.

Este problema, cada vez más frecuente, surge porque alguna de las partes se niega a que su hijo reciba el Sacramento de la Eucaristía. Las razones para no ponerse de acuerdo pueden ser muchas y muy variadas: no son creyentes; no están de acuerdo con la educación religiosa del menor; no es el deseo del niño o niña; no es el mejor momento en la vida para celebrar este acontecimiento… Sin embargo, en la mayor parte de los casos, la verdadera razón radica en la oposición radical a todo lo que decida la parte contraria. El enfrentamiento es tal, que en ocasiones la falta de acuerdo conduce a que sea un juez quien se vea llamado a determinar si el menor puede o no celebrar la Primera Comunión. Ello suele ocurrir cuando el niño está en el último año del curso de Iniciación Cristiana y, además, ya ha sido bautizado y cursa la asignatura de religión decisión de los padres adoptada antes de iniciar los trámites del divorcio o separación.

Ciertamente, llama la atención que haya de ser un juez quien decida sobre la recepción de un Sacramento tan importante para la vida de un cristiano, como es la celebración de la Primera Comunión.

Judicializar la vida espiritual de los hijos como consecuencia del egoísmo y la soberbia de los progenitores no sólo es contrario a toda lógica; resulta, además, contraproducente para el propio menor. ¿Tan difícil es pensar en el bien espiritual de nuestros hijos?

 

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Prohibido prohibir

prohibido

Esta es una de las muchas y variopintas consignas de los movimientos que prepararon y promovieron hace ya 50 años el mítico “Mayo del 68”. Sin entrar en valoraciones del acontecimiento -no es nuestra intención-, sí creemos necesario llevar a reflexión las repercusiones que han tenido en las generaciones actuales algunas de sus consignas y las ideologías que lo promovieron.

Y motiva esta reflexión el avance de la agresividad y la violencia en la sociedad actual y la situación de normalidad que están adquiriendo. Se visibiliza en los hogares y en los colegios; se hace notar en los medios de comunicación, en las redes sociales, en los deportes y momentos de ocios, en la vida política… Y solamente surge la indignación y el rechazo social ante hechos especialmente virulentos. Indignación que, sin embargo, no lleva a preguntarse por sus causas, que sin duda se encuentran en el ámbito de la educación.

La generación que vivió y promovió el mítico “Mayo del 68” creció y vivió en una época de rebeldía frente a la generación silenciosa y obediente de sus padres (Javier Urra, 2007). Fue la generación del rock and roll, la televisión, la liberación femenina… Los nuevos medios de información propiciaron grandes cambios culturales y de valores que de alguna manera repercutieron en el hecho educativo. Con Vargas Llosa (2009) nos atrevemos a afirmar que el “prohibido prohibir” del Mayo del 68 y las ideologías que lo sustentaban “extendió al concepto de autoridad su partida de defunción”. A fuer de combatir el autoritarismo, se erró en el diagnóstico y se eliminó “la autoridad”, elemento básico en todo proceso educativo. Sus principales víctimas: la familia y la escuela.

Aquellos hijos rebeldes, instrumentalizados por las ideologías dominantes, se convirtieron con el tiempo en padres permisivos, sumisos a sus hijos, volubles e indecisos; amigos y compañeros mejor que padres, sin atreverse a imponer reglas para que sus hijos no sufran y se frustren. Este perfil de padres ha traído consigo lo que algunos llaman “la generación de niños tiranos”: Excluidos de la obediencia, consideran la vida como algo a disfrutar sin exigencias y esfuerzos. El “niño tirano” suele ser intolerante, individualista, demandante de acción inmediata y con tendencia al aislamiento, el hedonismo y a la agresividad cuando no se atienden sus deseos.

¿Se podrá dar respuesta educativa a nuestros problemas convivenciales desde este modelo de familia permisiva y desde una escuela que ha disminuido su capacidad socializadora con la pérdida de autoridad de maestros y profesores?  Para la reflexión.

El discurso del odio en internet

internet pixabay

Desde el año 2016 han ocurrido muchos acontecimientos que han provocado que se hable en las redes sociales del llamado discurso del odio. ¿Pero a qué nos referimos cuando hablamos de discurso de odio? Según un Informe sobre la Evolución de los Incidentes relacionados con los delitos de odio en España, publicado por el Ministerio del Interior Español en 2016, estos son aquellos que “tienen que ver con injurias, amenazas, vejaciones o tratos degradantes tipificados como antisemitas, racistas, sexistas”.

Hace ya tres años que los Estados Miembros de la Unión Europea vienen colaborando con las empresas de medios de comunicación social para garantizar que se luche contra la incitación al odio en Internet, y por este motivo en mayo de 2016 la Comisión Europea, junto con las empresas TI (Facebook, Twitter, Youtube y Microsoft) hicieron público un Código de conducta que incluía una serie de compromisos contra la incitación al odio en Internet en Europa.  Las instituciones de la Unión Europea y los Estados Miembros lo tienen claro pero ¿las empresas están cumpliendo con el código de conducta? Sería discutible.

Otro dato interesante del informe del Ministerio del Interior es que la mayoría de los investigados por delitos de odio eran hombres españoles de entre 18 y 40 años, jóvenes denunciados por injurias y amenazas de carácter ideológico, sexista o racista realizadas a través de internet.  Estos jóvenes representan el futuro de la sociedad, jóvenes que fomentan el odio entre la sociedad. Jóvenes youtubers que se graban agrediendo a quienes no les gusta, como el joven de 19 años, con un millón de seguidores, que se grabó humillando a un mendigo en Barcelona.

Ante estos comportamientos cabe preguntarse ¿Qué futuro nos espera? ¿Dónde queda el respeto, la tolerancia entre todos?  ¿Qué hacemos nosotros para evitar el odio?

Internet es un canal de comunicación demasiado rápido para promover esta clase de incidentes y comentarios relativos al odio hacia los demás ¿Cómo podemos combatir esta clase de delitos realizados a través de internet? La libertad de expresión es un derecho, pero nunca se puede superar si esa libertad implica saltarse todos los límites del respeto, la tolerancia y la convivencia. El buen uso de las nuevas tecnologías está en nuestras manos, y denunciar las injusticias y agresiones también.

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Alfie Evans y el llanto de Raquel

Dentro de la liturgia católica, en la fiesta de los Santos Inocentes, se proclama el relato de la huida a Egipto por parte de San José con la Virgen María y el niño Jesús, para evitar que el recién nacido fuera asesinado por Herodes. El evangelista refiere en este momento una profecía de Jeremías donde proclama el llanto de Raquel por sus hijos que “ya no viven”.

En los últimos días venimos asistiendo a lo que parece ser una “versión moderna” del pasaje referido. Unos padres que desean trasladar a su hijo a otro hospital que les brinda acogida y posibilidades de continuar con un tratamiento del que desiste el hospital en que residen, huyendo ante la posibilidad de asesinato de su hijo. No entraremos en cuestiones sobre si se trata de un encarnizamiento terapéutico o no –que parece queda clarificada por la intervención del Papa Francisco, de la directora del hospital Bambino Gesù de Roma, del gran experto en Bioética Cardenal Sgreccia y de la gran ofensiva diplomática llevada a cabo por Italia, entre otros –  ni en el clamoroso silencio mediático que a este caso se ha dado en la prensa nacional de nuestro país, sino en las terribles consecuencias derivadas del triunfo del positivismo legal sobre el iusnaturalismo.

¿Qué potestad tiene un juez para decretar la muerte de un ciudadano inocente? ¿Qué peligro para el bien común de la sociedad se deriva de mantener a Alfie Evans con vida? ¿Con qué autoridad un juez quita la patria potestad a unos padres que lo único que buscan es mantener con vida a su hijo con la posibilidad de ofrecerle otros tratamientos en otros hospitales que han ofrecido todos los medios posibles para llevarlo a cabo?  ¿Por qué esa cerrazón de ofrecer una segunda posibilidad a Alfie Evans para seguir luchando por su vida? ¿Acaso los hijos son una propiedad mercantil del Estado?

La “legalidad” parece imponerse sobre la “naturalidad” de la vida, prevaleciendo su peso por encima de aquello que la naturaleza le ha regalado. Lo natural se vuelve esclavo de lo legal, con la terrible consecuencia de que nuestra libertad queda vendida al arbitrio de una ley presa de aquellos que la cocinan según el gusto de cada época.

Esta situación genera que de nuevo se pueda escuchar el grito de Raquel porque sus hijos “ya no viven”, pero ¿qué hijos no viven? ¿Aquellos que son sentenciados a muerte o aquellos que permanecen callados ante tal injusticia? ¿Qué vida se puede esperar de un Estado que devora a sus hijos? ¿Dónde esos gritos de los que se definen valedores de los derechos?

Alfie sigue combatiendo, y en el momento que estas líneas se escriben, todavía con vida. Queda claro que él no es de los que “ya no viven”, cabe preguntarnos si nosotros, personas del siglo XXI, de la defensa de derechos de todo tipo, estamos vivos o hemos muerto devorados por un positivismo legal que en nombre de la libertad nos quita la vida.

 

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¿Por qué no somos más?

marchaporlavida

Domingo de esta recién estrenada primavera. Las calles de Madrid empiezan a vibrar envueltas en la actividad propia de cada fin de semana: paseos tranquilos, desayunos prolongados en las primeras terrazas que abren sus mesas a turistas y paisanos que hoy  no viven bajo el agobio del reloj.

Muchas personas caminando sin prisa, pero sin pausa, acompañadas de su familia y amigos, hacia el evento que les ha traído hasta aquí: una marcha para celebrar y defender la vida. Antes de llegar al punto de encuentro, en el camino hacia allí se cruzan con otro evento. Se trata de una manifestación en la que se reivindican pensiones justas.

Y apenas se ha andado quinientos metros, hay un numeroso grupo de personas que se han concentrado para promover el respeto a la vida de los animales y hacer caer en la cuenta a la sociedad de la importancia de erradicar  el maltrato animal.

Por  fin se llega al destino. La Marcha del Sí a la Vida. Hay ambiente de fiesta y eslóganes que recuerdan que cada vida importa.

La reacción de todos los que se cruzan por el camino son diversas. Hay sonrisas llenas de ironía; en otros hay, sin embargo, gestos de adhesión a esta causa. ¿Por qué no somos más? ¿Por qué no se unen los que están pidiendo pensiones más justas en un contexto de desierto demográfico, y los que luchan por evitar el maltrato animal?  La defensa de la vida humana debería reunir a muchas más personas. Muchas personas que valoran la vida como un don.  Los testimonios con los que concluye la marcha ponen de manifiesto que importa luchar por la vida humana. Testimonios como los de un joven con síndrome de Down: veinticinco años, trabajo fijo, entusiasta del deporte, etc. Un joven luchador. Sin embargo se estima que en España cada año deberían nacer setecientos niños con síndrome de Down, y sólo nacen setenta. Seiscientos treinta son abortados. Seiscientos treinta abortados. Conviene repetirlo porque no se conoce.

¿Qué nubla nuestro entendimiento? ¿Cuál es la causa de esta frialdad en nosotros ante la causa de la defensa de la vida? ¿Por qué no somos más? Si la vida de un ser humano indefenso en el vientre materno, en el final de su vida, en la enfermedad o pobreza no nos moviliza, entonces cualquier cosa es posible. Ha llegado el momento de defender lo evidente. Ha llegado el momento de movilizarse y gritar allá donde estemos ¡Sí a la Vida!

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El hilo de Ariadna

ariadnaTodas las civilizaciones, culturas y sociedades que se han sucedido a través de la historia se han visto sometidas a las experiencias propias de la vida humana: han nacido, evolucionado, se han expandido, languidecido y, por supuesto, fracasado y muerto. A estas experiencias vitales no es ajena nuestra cultura y estilo de vida actual. No puede eludir, por tanto, los fermentos de descomposición que como nuevos “minotauros” intentan devorarla.

No es tarea fácil para el simple observador de la realidad reconocer estos fermentos, pero tal vez se nos facilite el análisis si aplicamos un serio discernimiento a la respuesta que dio Gandhi cuando le preguntaron sobre los factores que podrían destruir al ser humano: “política sin principios, comercio sin moral, riqueza sin trabajo, educación sin carácter, ciencia sin humanidad, placer sin consciencia y religión sin sacrificio”.

A la vista queda, según estas sabias palabras, que la sociedad actual, si no está totalmente fracasada, sí está enferma y necesitada de una importante regeneración. Y puestos a discernir, es fácil constatar -recurriendo nuevamente al recurso del lenguaje mitológico- que aunque existen muchos “teseos”, personales y colectivos implicándose en la muerte del “minotauro” o “minutauros” que están fagocitando al hombre y a la sociedad actual, les resulta muy difícil ponerse de acuerdo sobre cuál es el “hilo de Ariadna” que permita salir de la caverna.

Hay un consenso muy generalizado entre las mentes más lúcidas del mundo actual en continuidad con el pensamiento clásico en señalar a la ética, y desde nuestra perspectiva a la ética de la virtud, como ese único hilo conductor capaz de sanar cualquier sociedad. “Sin ética no hay futuro posible, ni a nivel local, ni a nivel global” (F.Torralba 2016). Proponer las virtudes, tan desprestigiadas en los últimos siglos y ausentes en la actualidad como reliquias del pasado, como categoría ética supone considerarlas ejes de la tarea que en todos los tiempos ha sido su centro: buscar y enseñar la vida buena, personal y social.

Acontecimientos actuales de nuestra vida política, económica y social, donde la mentira, el cinismo, la corrupción, la insolidaridad, el ataque furibundo al adversario…, campan a sus anchas, producen sin duda indignación. Pero la indignación sin compromiso es un simple acto emotivo que no regenera, sino entristece.

Nuestro compromiso actual es buscar y enseñar la ética de las virtudes. Tarea ardua y trabajosa que ha de tener a las instituciones educativas, principalmente a la familia, y a la escuela como principal marco de entrenamiento. Es nuestro “hilo de Ariadna”.

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Póngame cuarto y mitad de máster

FOTOGRAFÍA DE EFE

FOTOGRAFÍA DE EFE

Cuentan que el último día de la travesía, tras varias semanas de navegación, el segundo oficial del barco escribió en el diario de a bordo: “el capitán no se ha emborrachado hoy”. Esto era verdad, por supuesto. Pero también lo era que ninguno de los días anteriores el capitán se había emborrachado. El oficial no dijo, por tanto, ninguna mentira y, sin embargo, el capitán fue expedientado por embriaguez habitual, una falta que no había cometido.

Quiere esto decir que, tanto en la navegación como en el resto de actividades de la vida y de la política, para ser sincero no basta con no decir ninguna mentira; es necesario además decir positivamente la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad, como escuchamos en los juicios americanos. Es por ello que una primera aproximación al asunto en que se ha visto envuelta la presidenta de la Comunidad de Madrid, en relación con las presuntas irregularidades de un máster, lleva a exigirle que no se limite simplemente a no decir ninguna mentira, sino que diga positivamente la verdad. Y está bien que así se haga.

Pero una segunda aproximación nos debe llevar a caer en la cuenta del peligro de degradación en el que se encuentra la universidad española, precisamente en un nivel académico —el de posgrado— en el que se pretende ofrecer y se debería exigir una especial seriedad. Debemos preguntarnos si los másteres que ofrece hoy la universidad española son realmente herramientas de capacitación y especialización profesional de alto nivel o se convierten —especialmente en los ámbitos de las humanidades y las ciencias sociales— en títulos vacíos de contenido y de la más mínima exigencia, diseñados más bien para sufragar el grave déficit económico de nuestras universidades, para agrandar artificialmente el prestigio de los políticos o, en el peor de los casos, para otorgar una determinada etiqueta ideológica de “políticamente correcto” para acceder a determinados puestos de libre designación.

Por último, es legítimo y necesario exigir responsabilidades a la señora Cifuentes, pero no solo en materias ajenas a la política, sino, ante todo, es necesario exigir a los políticos transparencia, coherencia y sinceridad en su acción política. Y entonces, ¿cómo es que casi nadie exige responsabilidades a la señora Cifuentes por una política absolutamente contraria a los principios y valores cristianos, por ejemplo, que su partido algún día aparentó y afirmó defender? ¿Engañar en un máster tiene consecuencias graves y engañar en materia de principios ninguna? Una sociedad que cuela el mosquito y se traga el camello es una sociedad hipócrita. Y enferma.

 

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