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“Hacia una cultura del encuentro"

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Fútbol es fútbol

Fotografía Expansión

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A un célebre entrenador de fútbol de hace ya un tiempo, cuando se le preguntaba sobre algunas cuestiones referidas a este deporte, siempre contestaba: “fútbol es fútbol”. Es una expresión que se ha hecho tópico en el argot futbolístico de este país para referirse a alguna cuestión técnica difícil de explicar, o a algún resultado insólito y a determinadas jugadas difíciles de interpretar desde los parámetros de la simple lógica humana.

Es cuestionable que el llamado “deporte rey” lo sea por sus extraordinarias excelencias deportivas, que sin duda las tiene, o por la belleza estética que desarrolla cuando se le contempla como espectáculo, que también la ofrece; sino por otros muchos y variados aspectos que lo sitúan en la dinámica de fenómeno social universal que trasciende los esquemas puramente deportivos y de espectáculo de masas. Valga como botón de muestra el espectacular desarrollo del Campeonato del mundo celebrado en días pasados en Rusia. Hoy día es difícil encontrar acontecimiento social que ofrezca las cifras de seguimiento presencial y virtual que se han dado en dicho evento. Los medios de comunicación hablan de tres millones de espectadores presenciales y  otros tantos millones de seguimiento en televisión. Sin mencionar los espacios que ha ocupado en medios escritos y radiofónicos.

Por eso la expresión “Fútbol es fútbol” podría ser también metáfora de lo que representa este deporte en la vida cotidiana de las gentes: es tema de conversación en todas las tertulias y despierta grandes pasiones y a veces graves conflictos; los jugadores son referentes para niños y jóvenes de todo el mundo, a los que idealizan, idolatran y desean imitar… De ahí la gran cantidad de literatura que se vierte sobre el tema y el interés que suscita para muchos sociólogos, filósofos y antropólogos. Algunos, en la explicación del fenómeno, lo contemplan como “filosofía y metáfora de la vida”; otros, como fenómeno social en búsqueda de la identidad perdida; e incluso, otros en fin, como la “religión del siglo XXI”.

Sin entrar en el debate sobre dichos planteamientos, sí es preciso señalar que el fútbol tal como se contempla en la actualidad y que tiene indudables valores como deporte asociativo a practicar y como espectáculo de masas para entretener, encubre graves patologías y grandes mentiras que discurren desde el culto idolátrico a la persona y la confrontación extrema que lleva muchas veces a la violencia fanática y partidista, hasta la mercantilización y corrupción que predomina en torno a los multimillonarios y obscenos fichajes.

Tal vez debamos hoy recordar que aquel fenómeno sociocultural que surgió en el mundo clásico dando origen al olimpismo y que tendía a cultivar importante valores humanos y sociales lo llevó a su crisis y desaparición las mismas circunstancias que se están dando hoy en este mal llamado “deporte rey”.

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¿Importante o no importante?

Dos situaciones de hace unos días:

1.- Miércoles.10 de mayo. Un clásico. Partido decisivo. Juega Real Madrid-Barcelona.  Las aulas de una academia de idiomas están prácticamente vacías. 1 alumno por clase o nadie. A partir de las 20.00 horas la vida se paraliza. España en vilo por el resultado de 22 personas dándole al balón.

2.- Periodista en sala de prensa pregunta a un entrenador de baloncesto: “¿Qué piensa sobre la ausencia de Augusto lima en la mitad de las eliminatorias para ver el nacimiento de su hijo?”

Entrenador: ¿Qué pienso? Yo le he dejado.

Periodista: ¿Pero es normal esto en unas semifinales?

Entrenador: ¿Tienes hijos? Cuando los tengas, lo entenderás. Es la mejor experiencia del ser humano. Es una buena pregunta. ¿Piensas que el baloncesto es lo más importante?

Periodista: No, pero es una seminifinal y es importante.

Entrenador: Semifinal, ¿Pero es importante?

Periodista: El equipo

(….) Entrenador: Cuando seas padre entenderás qué es lo más importante en la vida. Vienes y hablas. Porque es lo mejor del mundo. Créeme, ni títulos ni nada más.

 

Son dos ejemplos de cómo los acontecimientos deportivos paralizan nuestra vida. El primero, es real, y esa tarde, como en tantas tardes de finales, clásicos, semifinales…, el mundo se para para olvidarnos de todo. Lo importante ahora es el resultado final. Ya no importa nada más.  Importa que gane mi equipo.  Hay quien se enferma por los resultados finales. La emoción es tal que pierden la vida por ver cómo gana o pierde su equipo.

El segundo ejemplo es de un vídeo que se ha hecho viral de un entrenador de baloncesto de la Liga Lituania. Un vídeo que es un sí a la vida y a la paternidad. Un vídeo en el que el entrenador deja sin palabras a un periodista, para el que lo más importante en estos momentos es la semifinal. Un vídeo que ha servido para que por lo menos en un día se recuerde al mundo que “ser padre es lo más importante del mundo, ni títulos ni nada”.

Así está la sociedad. Así estamos, promocionando la cultura de lo anecdótico, de la competitividad absurda; la cultura del momento; poniendo freno a nuestra vida para vivir el momento, sin saber qué es lo realmente importante. Que la vida de un hijo no sea tan relevante como para que alguien no se pierda una semifinal; o que demos prioridad a 90 minutos de fútbol por una clase de inglés o dejemos de lado nuestras obligaciones; que hoy en día cuando se planifican acciones se tenga en cuenta: ¿Hay fútbol? ¿Hay final?

Todo esto pone de manifiesto en qué ponemos nuestra atención y a qué damos relevancia; y qué poco valoramos lo realmente importante, quizás porque ya no sabemos ¿Qué es lo importante?

El deporte nos aporta muchos valores como son el esfuerzo, la superación, la dedicación y la deportividad, pero cuando lo exageramos hasta extremos que pasan a primera línea en nuestra vida, ya es preocupante, dándolo mucha más importancia de lo que tiene. ¿Y entonces vale la pena? ¿Quién pone los límites? En nosotros está discernir qué puesto ocupa en nuestra vida queda.

 

 

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