Areópago Diálogo

“Hacia una cultura del encuentro"

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Pedir perdón es de católicos

En días pasados se ha afirmado repetidamente, si bien en diferentes contextos y ante distintos escenarios, que el perdón es una cuestión moral y, por tanto, no procede en supuestos de esta naturaleza exigir que los responsables de daños causados a otros pidan perdón a sus víctimas y a todas las demás personas indirectamente afectadas. Así se ha hecho tanto ante el anuncio de la disolución de la banda terrorista ETA como respecto de casos de corrupción política, por señalar dos ejemplos. La premisa para mantener tal afirmación radica en que “pedir perdón es de católicos”.

Resulta evidente que quien hace mal a alguien, causándole un daño, está obligado a reparar el mismo. No menos evidente es que tal reparación no será completa si no parte de un presupuesto fundamental: el arrepentimiento.  Sin embargo, sentir pesar por haber hecho –o dejado de hacer– algo que ha dañado a otro tampoco es suficiente por sí mismo. Ese pesar ha de ser exteriorizado, compartido, dirigido a quien ha sufrido por ello y, en última instancia, supone esperar a ser redimido de la falta. A todo eso, sencillamente, se le llama pedir perdón.

Pedir perdón implica reconocer el error y, por ello, rebajarse, humillarse, acercarse al ofendido. Rehusar a hacerlo es muestra de ausencia de arrepentimiento. No se puede prescindir del mismo, pues ello significaría mantenerse en una posición de superioridad (al no tener que esperar la respuesta de quien ha sufrido el daño) y autoatribuirse la facultad de considerar completamente reparado el mismo prescindiendo de la víctima.

Pedir perdón, lejos de constituir patrimonio exclusivo de los católicos, es algo muy humano, inherente a nuestro ser, que está además fuertemente arraigado en nuestra sociedad.

El catolicismo no se ha limitado en relación con este extremo a reconocer lo evidente –el perdón es necesario para la reparación–, sino que ha hecho del mismo la razón de su existencia. Quizás sea esta la verdadera causa del rechazo al perdón. Pero esa es otra historia.

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España, ¿Aconfesional o confesionalmente laico?

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Desde hace un tiempo, venimos escuchando por parte de ciertos políticos el mantra “España es un país laico”, “debemos garantizar la laicidad del Estado”. Si uno acude a la Constitución Española podrá comprobar que en ninguno de sus preceptos aparece tal expresión: más aún, se afirma que “ninguna confesión tendrá carácter estatal” (artículo16.3).

 Quizás basándose en esto, muchos interpreten –lejos de aquella perspectiva que Benedicto XVI denominó “sana laicidad”– que se hace profesión de España como Estado laico, lo cual es erróneo. Si atendemos a la palabra laico, tal como la define el DLE en su segunda acepción, “independiente de cualquier organización o confesión religiosa“, observamos que no es ésta la opción del Constituyente español, pues el citado artículo continúa diciendo que “los poderes públicos tendrán en cuenta las creencias religiosas de la sociedad española y mantendrán las consiguientes relaciones de cooperación con la Iglesia Católica y las demás confesiones“. El Estado español, pues, no es ajeno al papel de la religión en la esfera pública. España es un país aconfesional (de hecho, así lo recoge la página web del mismo Congreso de los Diputados, en la sinopsis al precepto), es decir, “que no pertenece ni está adscrito a ninguna confesión religiosa“, lo que no impide las relaciones de cooperación constitucionales.

Pero, lejos de terminologías, la complejidad del debate es mucho mayor. Nos enfrentamos a una situación donde no se pretende garantizar la libertad de religión, sino imponer una religión nueva, denominada “laicismo”, en la cual el hecho religioso quedaría expulsado del ámbito público (en contra de la Declaración Universal de los Derechos Humanos art.18) y las relaciones con la Iglesia Católica (preferentemente) u otras confesiones religiosas quedarían rotas, viéndose gravemente mermado el derecho constitucional a la libertad de religión. La “garantía” de tal laicidad en el fondo persigue constituir a España como un país confesionalmente laico, perdiendo de este modo su aconfesionalidad constitucional.

Grupo Areópago

Unión Europea, Turquía y rearme moral

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Recientemente, cuatro instituciones católicas – CONFER, Justicia y Paz, Sector Social de la Compañía de Jesús y Cáritas Española- han hecho público un manifiesto en contra del acuerdo suscrito el pasado 18 de marzo entre la Unión Europea y Turquía sobre personas refugiadas.

Si bien el manifiesto señala con acierto la vergonzosa indiferencia de nuestra Europa ante el terrible drama humano de tantos miles de personas desplazadas en busca, simplemente, de sobrevivir al día siguiente, llama la atención el tono del texto, que puede sintetizarse en una frase deslizada al final: “La sociedad civil debe seguir rearmada moralmente”.

Seguir rearmada… ¿Pero es que lo está? ¿Verdaderamente puede decirse que nuestra sociedad está moralmente rearmada? ¿Cuatro instituciones católicas no perciben que si precisamente nos hace falta algo a los que formamos parte de nuestra sociedad europea actual es un urgente rearme moral? ¿No detectan el deterioro moral que nos invade en tantos ámbitos, en muchos de esos campos habiendo perdido incluso toda sensibilidad y permaneciendo callada cualquier voz de denuncia?

Situarnos, como sociedad civil, en el lado de “los puros” para condenar a los estados o a los gobiernos desde una pretendida superioridad moral entraña el riesgo de adoptar una actitud peligrosamente farisaica. Porque estar rearmado moralmente no consiste simplemente en salir a la calle con pancartas o retwittear el hashtag #NOalPactoUETurquía denunciando a los demás. Es mucho más.

¿A qué cosas concretas estamos dispuestos a renunciar cada uno de nosotros, miembros de esta sociedad tan rearmada moralmente, para que pueda acogerse a las personas refugiadas? ¿A cuánto dinero, a cuántas comodidades, a cuánto Estado del bienestar? ¿O acaso pensamos que otros podrán tener algo sin desprendernos nosotros de nada?

Quizá la misión de las instituciones de la Iglesia no consista en dar palmaditas en la espalda a la sociedad civil, sino en denunciar tanto la falta de sensibilidad de los líderes políticos y económicos como el desplome moral de una sociedad que ya no sabe quién es, infectada de relativismo, indiferencia, egoísmo y permisividad moral.

Los que formamos la Iglesia debemos ser fermento, no masa.

Grupo Areópago

Hostias

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El pasado sábado se conocía la noticia de que en una Sala de Exposiciones del Ayuntamiento de Pamplona, gobernado por Bildu, se mostraba, bajo el título “Amén”, una galería de imágenes en la que se detallaba gráficamente cómo se había formado en el suelo la palabra PEDERASTIA con 248 formas consagradas. El autor de la “composición” explicaba durante la presentación de la muestra que había conseguido su “material de trabajo” tras acudir a 248 Misas en Madrid y en Pamplona y acercarse a comulgar para guardarse todas y cada una de ellas sin ser visto.

Más allá del hecho de que esta situación debería hacernos pensar seriamente sobre la forma en que comulgamos los católicos, especialmente a los Sacerdotes y seglares que tienen encomendado el ministerio de distribuir la comunión, resulta evidente que el Derecho debe actuar en consecuencia y con contundencia. La libertad de expresión (difícilmente calificable de artística en un caso así) no es ilimitada. La libertad de pensamiento, conciencia y religión constituye, sin duda, un límite claro a aquélla. Un ordenamiento jurídico, si pretende ser tal, no puede permitir que se hieran impunemente, de forma consciente y premeditada, los sentimientos religiosos de los creyentes. Un Estado democrático, si de verdad quiere hacer honor a este adjetivo, ha de buscar el respeto de todas las ideas y opiniones, poniendo como límite atentar contra quienes piensan diferente. Es justo lo que ha ocurrido en este caso: se invoca la libertad de expresión, considerándola sagrada, para atacar frontalmente lo que, para muchos, es verdaderamente sagrado; se trivializa el sentido y la realidad de aquello que no sólo representa, sino que es: el Cuerpo de Cristo, su presencia real. ¡Son hostias consagradas!

Confiemos en que este hecho, finalmente resuelto en lo concreto gracias a la intervención de un sacerdote, que ha acudido al lugar y ha retirado las formas por sus propios medios, nos sirva a los creyentes para valorar aún más la Eucaristía y a los no creyentes para sensibilizarse ante el dolor que nos provoca ver cómo Dios mismo es pisoteado.

Grupo Areópago

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