Areópago Diálogo

“Hacia una cultura del encuentro"

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Ejemplaridad

ejemplo

Aún se sigue hablando del –pequeño– escándalo provocado por un destacado líder del partido anti-casta (que promete erradicar del ámbito político todos los malos hábitos y abusos) al conocerse que ha defraudado a la Seguridad Social por no formalizar el alta de la persona que prestaba servicios para él. Se une a los –curiosamente, también pequeños– escándalos provocados por otros dirigentes de ese mismo partido, siempre en la línea de incumplir obligaciones laborales. Lo llamativo de este asunto no es sólo que quien debe dar ejemplo ha demostrado incurrir en los mismos males que los miembros de la casta a los que tanto critican, hasta tal punto de hacer de ello su bandera; es, además, que se busque justificar el comportamiento en la complejidad burocrática que supone el cumplimiento de la Ley, una Ley que es la misma para todos, incluidos los miles de ciudadanos en la misma situación que, en cambio, la cumplen. Peor aún es la cadena de apoyos recibidos por el infractor, a quien se le ha llegado a calificar de ejemplo moral.

La obligación incumplida consiste en rellenar un sencillo formulario y remitirlo, debidamente firmado y acompañado de copia del contrato de trabajo, a una oficina de la Tesorería General de la Seguridad Social, algo que puede hacerse incluso por correo postal.

A quienes desempeñan cargos públicos y optan a asumir responsabilidades de gobierno les es exigible un plus de ejemplaridad. No sólo han de parecer honestos sino que, además, han de serlo, en su esfera pública y en su esfera privada. Quien es capaz de defraudar en lo menos es más capaz aún de defraudar en lo más.

La ejemplaridad, entendida como cualidad de quien ha de ser ejemplo, es decir, modelo que otros imiten, brilla por su ausencia en no pocos de nuestros políticos, viejos y nuevos. No piden perdón por sus errores y no asumen las responsabilidades de ellos derivadas. Si, en lugar de ser modelos de probidad y de virtud, fieles a la vocación de servicio público para la consecución del bien común que es la política, son ejemplo de búsqueda de su interés personal y de malos ciudadanos, están incapacitados para el ejercicio de cargos públicos. Sencillamente.

Grupo AREÓPAGO

Hacia un año sin Gobierno

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Aunque no demos crédito, vamos camino de un año sin Gobierno o, mejor dicho, con Gobierno en funciones, con todo lo que ello significa: no aprobación de nueva normativa necesaria para el funcionamiento del país, riesgo de prórroga de presupuestos pensados para una situación diferente a la actual, irresponsabilidad política por debilitamiento del control parlamentario, limitación en el ejercicio de las potestades gubernamentales…

Los responsables de esta situación no somos los votantes, que hemos acudido a las urnas hasta en dos ocasiones cumpliendo con nuestro deber de ciudadanos; son precisamente quienes han resultado elegidos para formar gobierno los que se muestran incapaces de hacerlo y, con ello, de representarnos. Y no llegan al acuerdo, sencillamente, porque se limitan a medir las posibilidades de pacto en función de sus intereses personales y de los de su partido.

Analizado desde la perspectiva de alguien que lucha por defender su puesto de trabajo resulta incluso humanamente comprensible. Pero la política jamás puede ser vista como una oportunidad laboral, sino que ha de ser considerada como una vocación de servicio público basada en la capacidad para prestarlo y en la temporalidad en su desempeño. La existencia de políticos que ven su cargo como propiedad es el peor de los males para una democracia, porque no tiene quien sirva a sus ciudadanos pensando en el bien común.

La incapacidad para formar Gobierno sólo tiene una lectura: los llamados a ello no luchan por el interés de todos, sino por el suyo propio. No hablemos, pues, de bloqueo institucional. Nos estamos enfrentando a un bloqueo personal, generado por personas concretas que no se sienten responsables ante nada ni ante nadie y que se consideran a sí mismos la medida de todas las cosas, incluido el destino del país.

Nuestros gobernantes se han de legitimar por el éxito de sus decisiones y la eficacia de sus gestiones; de lo contrario, han de irse y dejar paso a otros. Unas terceras elecciones sólo tendrán sentido si es para elegir a nuevos representantes. Los de ahora, salvo que demuestren lo contrario, no son dignos de ello.

Grupo AREÓPAGO

Se buscan líderes

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El diccionario de la Real Academia Española define al líder como la persona que dirige o conduce un grupo.

Sin embargo, eso es describir una situación de hecho. Cuando en el lenguaje común hablamos de un verdadero líder no solo nos estamos refiriendo al mero hecho de ocupar una posición de mando, sino que pretendemos resaltar las capacidades de esa persona para guiar, orientar y estimular al grupo que dirige para que, trabajando en equipo, pueda alcanzar un objetivo común valioso, ya en el ámbito político, económico, social o deportivo.

Desde este punto de vista, el panorama del liderazgo político en el mundo occidental resulta hoy verdaderamente desolador. Nuestros líderes no solo parecen desconocer hacia dónde deben conducir al grupo que dirigen, sino que en lugar de estimular el trabajo en equipo para lograr el bien común lo que generan es desorientación, división y enfrentamiento.

A veces se dice que tenemos los políticos que nos merecemos. Pero en muchas sociedades heridas por el odio, la violencia y la insolidaridad han surgido históricamente líderes con capacidad para ponerse al servicio de todos y guiarlos hacia la consecución de objetivos comunes de paz, prosperidad y convivencia.

En una Europa enferma de insolidaridad y odio tras dos guerras mundiales, líderes como Churchill, Schuman o de Gasperi, entre otros, se pusieron manos a la obra para construir una Europa unida y en paz. Por el contrario, muchos líderes europeos actuales no solo no valoran ese trabajo, sino que contribuyen a generar división y a dinamitar la unidad entre los europeos, en ocasiones recurriendo a consultas y referéndums que tan solo tratan de ocultar su incapacidad como guías.

En una España que había sufrido una guerra civil y una dictadura, líderes como Suárez, González, Fraga o Carrillo supieron ponerse al servicio de sus conciudadanos para trabajar con ellos en la construcción de una sociedad para todos. Quienes ocupan hoy en España los primeros puestos políticos no solo no son capaces de entenderse entre ellos, sino que fomentan la división entre los españoles, resucitan viejas heridas, contribuyen a generar crispación y utilizan a sus conciudadanos como meros peones en su tablero de ajedrez. El objetivo no es trabajar en equipo, bajo la dirección de los líderes, para conseguir el bien común. El objetivo es que el líder mantenga su puesto a pesar de su manifiesta incapacidad para ejercerlo.

Si existen grandes líderes en el ámbito empresarial o deportivo ¿por qué no en la política? Es comprensible que el desencanto que despierta el vergonzoso espectáculo de nuestros políticos actuales desincentive a personas valiosas para decidirse a trabajar en política. Pero es imprescindible. Necesitamos líderes políticos; los que tenemos no nos sirven, se sirven.

 

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Hace más de un mes del Brexit…el bien común

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El pasado 23 de junio los ciudadanos del Reino Unido, por una ligera mayoría, votaron a favor de que su país abandone la Unión Europea. La pregunta era clara: “¿Debe el Reino Unido seguir siendo miembro de la Unión Europea o debe dejar la Unión Europea?”. Con una participación ciertamente relevante (más de un 70%), un 51,9 % de las personas que votaron optaron por la segunda de las respuestas.

Ciertamente, un referéndum no sirve para medir mucho más que el porcentaje de voto con relación a una pregunta que, en ningún caso, es suficiente para expresar todas las implicaciones que tiene la respuesta a la misma, sea cual sea ésta. Para ello, en teoría, está la campaña previa, donde los diferentes partidos políticos y, en general, los propios ciudadanos, pueden expresar sus argumentos para convencer al cuerpo electoral en uno u otro sentido. Es aquí donde hemos de centrar la atención.

Transcurrido más de un mes desde la celebración del referéndum, más allá de que son muchas aún las incertidumbres, tenemos algunas certezas: la decisión de convocar el referéndum respondía a intereses políticos partidistas de carácter coyuntural; los partidarios de la salida de la Unión Europea han reconocido que muchos de sus argumentos eran falsos; quienes lideraron las respectivas campañas por el Brexit y por el Bremain no están ya en la escena política, incluyendo al Primer Ministro que, apenas un año antes, había sido reelegido por mayoría absoluta, con lo no corresponderá a ellos hacer valer sus posicionamientos; no existe un camino pautado para llevar adelante el proceso, en esencia porque se discute la constitucionalidad del referéndum –que, de hecho, ha sido impugnado–, se debate sobre la necesidad de que el Parlamento dé el visto bueno al Gobierno para plantear formalmente la retirada y no se sabe cómo acabarán las negociaciones para la formalización de la misma, pues el famoso artículo 50 del Tratado de la Unión Europea simplemente contiene disposiciones generales.

La lección es evidente: sólo la búsqueda del bien común, fundada en la verdad, es capaz de lograr el auténtico desarrollo y progreso de los pueblos. Todo lo demás conduce al fracaso, al retroceso y al debilitamiento de la comunidad. Confiemos que, al menos, la hayamos aprendido.

Grupo AREÓPAGO

El voto del cristiano coherente

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Para el cristiano que busca ser coherente, la convocatoria de elecciones para formar el gobierno de la nación presentaba un pequeño dilema moral. Para que su voto fuese “útil” debía elegir entre cuatro formaciones políticas en cuyos programas, sin excepción, aparecen propuestas severamente inmorales. La perspectiva de realizar el bien social de participar en la gestión del poder de un Estado a través de la elección responsable de una de las varias formas legítimas de propugnar el bien común se veía empañada por algunos puntos de los programas electorales que son claramente contrarios a la enseñanza del Magisterio. He aquí el dilema moral: votar el 26 – J era optar por el mal menor.

Este dilema es pequeño porque la responsabilidad del voto en España se divide entre treinta y cinco millones y medio de ciudadanos. En vez del mal menor el cristiano también ha podido optar por un bien posible; de hecho, un porcentaje significativo de votantes ha manifestado que apuesta por la democracia pero que no comparte el programa de ningún partido. Esta opción no sólo es legítima, sino también moralmente buena.

El dilema moral es pequeño, además, porque la moral del cristiano en política abarca un campo muchísimo más vasto que el día de ir a votar, y el criterio moral de intervención en toda la realidad social es el del bien común, no el del interés general de la mayoría. El cristiano quiere el bien de todos, y lo busca haciendo el bien. Tras el 26 – J el cristiano seguirá procurando el bien, haciendo por entenderse y por colaborar con todo partido, gobierno y creyente o no creyente, siempre que se mueva en el marco del bien común.

Y, por supuesto, el cristiano seguirá realizando acciones responsables el 27-J, el 28-J y cada día, pidiendo a Dios que cada ciudadano y, en particular, los que tienen la responsabilidad de servir a todos, lo hagan desde el criterio del bien común.

 

 

 

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