Areópago Diálogo

“Hacia una cultura del encuentro"

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La ideología de género y el silencio de los buenos

 

generoDesde hace poco más de una década se ha instalando en España (y en otros países occidentales) una ideología que afecta de manera directa a la propia identidad personal y al modo en el que entendemos las cuestiones más decisivas de nuestra afectividad. Se trata de la ideología de género, que vertebra varias de las leyes elaboradas en los últimos años y que domina buena parte del lenguaje periodístico y social. Muy pocas personas dejan de utilizar expresiones como “violencia machista” incluso cuando la motivación de ese acto violento execrable haya sido diferente al “odio o menosprecio hacia las mujeres”: motivación económica, venganza pasional por una infidelidad, por problemas mentales o incluso por autodefensa.

No faltan, tampoco, medios de comunicación que dan instrucciones a sus profesionales para ocultar las verdaderas causas de la violencia cuando el hombre ha actuado por estas motivaciones. A casi nadie le sorprende que nunca se hagan actos de repulsa contra mujeres que han asesinado a su pareja o a sus hijos, o que se oculten las escandalosas cifras de maltrato hacia ancianos, o que no se hable del alarmante aumento de suicidios en los últimos años y en los que los hombres triplican a las mujeres (2.938 hombres y 972 mujeres en 2014) y se oculte la información de los suicidados que estaban en trámites de divorcio.

Es preocupante que casi todos los partidos políticos hayan caído en la trampa de confundir lucha por la igualdad de la mujer con feminismo de género –que es solo una de las formas de feminismo-, de confundir el respeto a las personas homosexuales con la promoción de su manera de entender la afectividad y la sexualidad; y de confundir la comprensión hacia las personas transexuales con la aceptación del dogma de género que excluye toda fundamentación natural en la identidad sexual.

Los partidos políticos no han tenido las agallas ni las luces suficientes para distinguir ambos aspectos de esa realidad. Y todo ello a pesar de que la neurociencia, la psicología evolutiva y el sentido común rechazan frontalmente los fundamentos mismos de esta ideología.

Pero el problema no radica en el servilismo político, sino en la ausencia de un discurso cultural alternativo y eficaz, y en el silencio cómplice de tanta gente sencilla que piensa de otro modo. Especialmente preocupante es la actitud vergonzante de quienes profesan unas convicciones frontalmente contrarias a dicha ideología como es el caso del cristianismo social. La ideología de género debe su avance no solo al empeño eficiente de ciertos lobbys que aglutinan cuantiosas subvenciones, sino a la mudez de tantos cristianos que no están sabiendo responder a sus ataques. Tal vez porque esta batalla cultural exige unos mínimos conceptos de psicología y antropología que es necesario adquirir leyendo, o tal vez porque es mucho más cómodo pasar desapercibidos cuando en nuestro ambiente se comenta alguna noticia o decisión política con las que se difunde la ideología. No se entiende tanto silencio, en tanta gente, con tanta resignación ante la extensión de un error tan falso y tan nocivo.

 

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De la aporofobia a la caridad

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“Aporofobia: Fobia a las personas pobres o desfavorecidas”. Desde el pasado mes de diciembre esta palabra forma parte del Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española y según la Fundación del Español Urgente, Fundéu, es la palabra del 2017.

Resulta sorprendente –y es triste– que el término “Aporofobia”, acuñado por la filósofa Adela Cortina, sea cada vez más necesario para describir lo que está ocurriendo en nuestra sociedad:  el rechazo a las personas desfavorecidas, a los refugiados o a los pobres. La repugnancia y la hostilidad hacia el pobre se han acrecentado en los últimos años. Los jóvenes son más clasistas; los valores de la humildad y de la pobreza están desapareciendo; los pobres molestan.

En los años de mayor crisis económica algunos estudios informaban del aumento de la solidaridad: cuanto peor estábamos, mayor compromiso hacia las personas desfavorecidas había. Sin embargo, con la mejoría de la situación económica, paradójicamente surge el concepto que pone nombre a las situaciones de discriminación y rechazo hacia las personas pobres.

Todavía necesitamos trabajar por una sociedad donde la justicia social prevalezca, donde el respeto a la persona humana sea prioritario, donde todos tengamos los mismos derechos y oportunidades, donde todos tengamos la misma dignidad pese a las circunstancias personales, sociales y económicas de cada uno. No podemos permitir que el odio y el desprecio a los más pobres domine nuestro mundo.

El pasado 19 de noviembre el Papa Francisco en la I Jornada Mundial de los Pobres, afirmó que “nos hará bien acercarnos a quien es más pobre que nosotros, tocará nuestra vida. Nos hará bien, nos recordará lo que verdaderamente cuenta: amar a Dios y al prójimo”.

Ahora que comienza un nuevo año, no olvidemos a los más pobres, a los refugiados, a los inmigrantes, a las personas sin hogar y que la palabra del próximo año 2018 sea Cáritas, el amor a los demás.

 

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¿Qué te han echado los Reyes?

Reyes-Magos

Esta es la primera pregunta con la que solemos enfrentarnos en la fiesta de los Reyes Magos. Y seguramente será el principal tema de conversación para nuestros hijos cuando se reanuden las clases en el colegio. El regalo de Reyes, extendido a toda la Navidad en otras culturas, es uno de los fenómenos sociales que han prendido con mayor fuerza en el proceso de inculturación que ha realizado la tradición cristiana en estas fechas navideñas.

El profundo, rico y diverso simbolismo antropológico y teológico que contiene el acontecimiento de los magos de Oriente narrado por el evangelista Mateo con una finalidad catequética, ha quedado reducido prácticamente a una sola dimensión: la del regalo. Eso sí, totalmente desvinculada para muchos de su originalidad cristiana enraizada en la experiencia del don, y fuertemente estimulada por nuestra esquizofrénica sociedad de consumo. Las demás dimensiones simbólicas que dan significado al acontecimiento han quedado oscurecidas para una amplia mayoría social. Es el caso de la búsqueda del sentido de la vida, la universalidad del mensaje de Jesús o su manifestación mistérica a los hombres de buena voluntad.

Es indudable que ello no reduce la importancia experiencial del regalo, pues, tanto a nivel psicológico como social, el dar y el recibir favorece la interacción entre personas, ayuda a establecer y definir relaciones y fortalece los vínculos familiares y de amistad.

Pero si la tradición del regalo es importante para los adultos, toma un especial significado para los niños en la noche de Reyes. La magia que para ellos representa todo este gran acontecimiento escenificado en la preparación de su “carta” donde idealiza sus deseos, ha de ser objeto de reflexión para los padres por la trascendencia educativa que puede tener.

El valor educativo y social del juego es un hecho reconocido por pedagogos y psicólogos. El juguete es sólo un instrumento subordinado a esta finalidad. Y es desde este principio desde donde los padres hemos de valorar los posibles desajustes psicológicos y educativos que pueden producir en los niños una equivocada pedagogía del acontecimiento y del regalo de Reyes.

El influjo totalitario que ejerce hoy día la publicidad decretando lo que es bueno y lo que está bien, y creando necesidades superfluas, puede desorientarnos en nuestra tarea educativa de acompañar un acontecimiento tan especial para nuestros hijos como es esta fascinante “noche”. Tal vez sea en esto perfectamente aplicable aquella célebre frase de Montaigne: “El niño no es una botella a llenar, sino un fuego que es preciso encender”.

 

 

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El Síndrome de Ulises

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Ulises, primer personaje migrante que la historia literaria de ficción nos ha dejado para la posterioridad, en uno de los pasajes de su vida enfrentada a la adversidad lejos de su familia, para protegerse del gigante Polifemo le dice: “preguntas cíclope cómo me llamo… Mi nombre es Nadie, y Nadie me llaman todos”. Este “Nadie” puede ser hoy la metáfora perfecta para significar al hombre migrante: al sin papeles, sin nombre, sin hogar, sin trabajo…

El psiquiatra Joseba Achotegui, de la Universidad de Barcelona, ha utilizado el nombre de este personaje mitológico para describir los males que afectan o pueden afectar a las personas migrantes como consecuencia  de la separación forzada de los miembros de la familia, los peligros del viaje migratorio, el aislamiento social, la sensación de fracaso, la lucha extrema por la supervivencia…

Pues bien, a este “Nadie” es a quien el Papa Francisco dedica su mensaje y reflexión en la Jornada Mundial de la Paz del año que comienza, asociando su vida a la búsqueda de la paz.

El fenómeno de la migración al que se ha unido últimamente el de los refugiados que huyen de la guerra es uno de los desafíos más importantes que tiene nuestra civilización, y representa la manifestación más sangrante de la desigualdad, la injusticia y el empobrecimiento del mundo actual. Considerado por unos como un problema, pues produce incomodidad y llamada de atención para nuestras vidas instaladas en el confort; representa para otros, sin embargo, la clave para medir la estatura democrática de un país.

Nuestra mirada a la emigración se alimenta de imágenes construidas sobre un conjunto de tópicos que dificultan el afrontar con seriedad las verdaderas necesidades que plantea. Desde aquellos que vinculan emigración con delincuencia, hasta la consideración que se tiene de ella como una especie de invasión que deja sin trabajo a los nativos, se configuran una serie de prejuicios que ayudan muy poco a la integración del emigrante. Se obvia, sin embargo  los aspectos positivos y enriquecedores que aportan a la sociedad en la que se integran.

En esta Jornada Mundial de la Paz nuestra reflexión nos ha de llevar a considerar que el emigrar es un derecho fundamental e inalienable de todo hombre, vinculado a la afirmación de su dignidad como persona. Sin que esto signifique que no haya que regular los flujos migratorios. Desde la puesta en valor del principio de hospitalidad para construir la convivencia humana y la paz, el Papa nos propone cuatro “piedras angulares”: acoger, proteger, promover e integrar.

 

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Dios de la Navidad

niño jesus

Desde hace casi dos siglos, uno de los temas recurrentes del pensamiento europeo de la llamada modernidad ha sido el final de la religión. Considerada como alienación, pensaban –y piensan muchos– que es un gran obstáculo para el progreso individual y social. A finales del siglo XIX Nietzsche profetizó la muerte de Dios.

A lo largo de toda la historia contemporánea, la fe en Dios ha convivido con múltiples resistencias y se ha intentado hacer realidad esta profecía de muchas maneras: Se esforzaron en ello los intelectuales de la Ilustración porque consideraban a Dios un rival para la autonomía del hombre; lo declararon inútil los pregoneros de la ciudad secular; lo ha denigrado la cultura postmoderna creando una sociedad alternativa y propiciando la cultura de la muerte; lo niegan con virulencia militante y fundamentalista los llamados nuevos ateos que, con una argumentación simplista, no saben separar el ámbito de la ciencia del ámbito de la fe; lo han puesto a los “pies de los caballos” los fundamentalismos religiosos; y está intentando vaciar de contenido la fe nuestra sociedad actual de consumo que falsamente la celebran celebran llenando las ciudades de luces fugaces y mesas abundantes. Hasta nosotros, los mismos creyentes, lo oscurecemos con nuestras incoherencias.

Seguramente, lo que unos y otros han intentado matar es su “idea” de Dios, porque aunque vivimos en una sociedad donde la indiferencia religiosa y la increencia aletean por su mar cultural, Él, el Dios de la Navidad y de la Vida, acude siempre a su cita puntual con nosotros para elevar nuestra dignidad de personas con su mensaje de amor y misericordia. Y aunque parezca ausente, es presencia y buena noticia para todos aquellos que lo buscan cuan nuevos “reyes magos”. El Dios de las Buenas Manos y del Amor es Misterio que seduce a quienes se dejan encontrar por Él: “Lo esencial sólo se puede ver bien con los ojos del corazón”.

Nos disponemos a celebrar lo que nuestra sociedad occidental llama fiestas navideñas con todos los ingredientes que nos aporta un mundo secularizado. La cuestión fundamental es si nosotros, los creyentes, acudimos a ella considerándola un encuentro con el Dios de la Navidad y de la Vida

 

 

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Adoctrinamiento en las aulas

escuela

El adoctrinamiento en las aulas es cada vez más patente y tiene múltiples expresiones, conscientes o inconscientes. Desde hace no mucho, en algunos centros de Primaria –muy pocos– se ha sustituido la celebración del día del Padre y del día de la Madre por el día de la Familia. En algunos casos se ha tomado esta decisión por la solicitud de algunos padres divorciados; en otros por la petición de los padres –ambos del mismo sexo– de uno de los escolares.

Es comprensible y digno de aprecio que un grupo de padres quiera solidarizarse con un niño que no tiene padre y madre. Un gesto solidario semejante se hace con niños enfermos de cáncer cuando se les cae el pelo por los efectos de la quimioterapia, y sus compañeros deciden ir a clase con el pelo rapado. Sin embargo, este gesto solidario no tiene nada que ver con la necesidad de considerar preferible o valiosa la situación en sí: me corto el pelo para solidarizarme contigo; pero esto no significa que tenga que considerar digno de admiración o valioso carecer de pelo, ni mucho menos sufrir un cáncer.

En el caso de los colegios que renunciaron a celebrar el día del Padre o el día de la Madre, el gesto solidario no debe ocultar la realidad de que un padre y una madre son un bien en sí, independientemente de si un niño es huérfano de padre, o de madre, o si un niño tiene dos tutores del mismo sexo. Celebrar el día de la familia no es malo, pues la familia es algo que merece ser celebrado; lo malo es ocultar una realidad que es también bella: la paternidad y la maternidad. Hacerlo es una aberración, aunque se haga con una buena intención.

Por eso, no debería establecerse esta medida sino de modo excepcional y con carácter provisional. Los padres y las madres deberían proteger el valor de la paternidad y la maternidad. Hacer lo contrario es ceder ante una ideología que unos pocos pretenden imponer al resto de la sociedad: la ideología de género.

 

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La pertinaz sequía

sequia La escasez de precipitaciones en nuestro país en los últimos tiempos comienza a preocupar. Es evidente la repercusión que esto tiene en nuestras vidas, principalmente en los más desfavorecidos. Nuestra pregunta es si suscita preocupación en una sociedad que instalada en un radical nihilismo no percibe más significados que los que sirven a los fines de uso inmediato y de consumo; o llevada por su relativismo y escepticismo se niega a cambiar sus hábitos de vida. La pertinaz sequía que padecemos invita a una reflexión y una respuesta sobre sus causas.

Allá por el año 1854, el jefe indio Seattle escribió una bella carta al presidente de los Estados Unidos con ocasión de la oferta de compra de sus tierras. La tesis de la carta podría estar sintetizada en la siguiente frase: “El hombre no tejió la trama de la vida; él es sólo un hilo. Lo que hace con la trama se lo hace a sí mismo”. Estas palabras contienen sin duda una profunda reflexión sobre la crisis ecológica que ya en aquellos tiempos algunos vislumbraban y que hoy día supone una grave crisis de civilización que amenaza la vida en la tierra.

Desde entonces, han sido y son muchos los esfuerzos que se han realizado para crear conciencia ecológica en nuestra sociedad; muy ardua la tarea de algunos movimientos sociales para institucionalizar la sensibilización ambiental; y bastantes las conferencias internacionales promovidas por la ONU para controlar políticamente la crisis. Pero a tenor de lo acaecido se puede asegurar que los discursos que se han escuchado han tenido mejor audiencia que el éxito en la tarea política de dar respuestas adecuadas. Entre otras razones porque no se desea penetrar en las raíces de la crisis.

Ha sido el Papa Francisco, también en una carta -esta vez dirigida a todo el mundo (LAUDATO SI’, 2015)- quien ha puesto en primer plano de actualidad el problema ecológico, no sólo denunciando los males que aquejan a “nuestra casa común”, sino profundizando en sus causas e incidiendo en sus raíces: el “nuevo paradigma tecnocrático” y “el antropocentrismo moderno” que han convertido al hombre en explotador de la naturaleza. En su argumentación, vincula la crisis ambiental con la crisis social y humana de la cultura actual; y desde un planteamiento  de “ecología integral”  llama a una “conversión ecológica” que ha de afectar no sólo a las instituciones políticas sino también a nuestros hábitos de consumo.

¿Seremos capaces de afrontar estos retos?

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Consumo desenfrenado

Black-Friday

Llega el Black Friday a nuestras vidas. Justo antes de que comience la campaña de Navidad, multitud de anuncios publicitarios nos avisan de la importancia del viernes negro, una oportunidad única para adelantar las compras de Navidad a precios únicos e irresistibles.

Los grandes descuentos y las mejores ofertas ya no sólo se concentran en periodos de rebajas o en fechas importantes, sino que continuamente estamos recibiendo anuncios sobre campañas destinadas al consumo desenfrenado como puede ser el Black Friday,  la campaña Mid Season, 3 x 1,  por poner unos ejemplos. Los descuentos y las promociones ya no sorprenden a nadie. Si se quiere incentivar la venta de un producto no hay nada mejor que bajar los precios y lanzar una atractiva campaña de marketing de atracción para que se consiga este objetivo.

En estas fechas prenavideñas, en las que lo que menos se celebra es la Navidad,  el gran consumo se activa de manera automática, y son muchas las asociaciones de consumidores y organismos oficiales los que ofrecen consejos para realizar un consumo responsable y seguro; también es la época en la que se realizan campañas de concienciación para un mejor consumo en Navidad, donde la economía familiar y personal se resiente.

Hoy en día estamos expuestos a una gran presión publicitaria y evitar consumir y malgastar se hace misión casi imposible, pero realizar un consumo razonable y sensato sí se puede conseguir si nos lo proponemos. Querer y poder. Ahora más que nunca deberíamos desarrollar nuestra capacidad crítica y reflexionar si lo que se va a adquirir es necesario, si es saludable, si cumple con los requisitos medioambientales, si es solidario o ayudará a alguien o a nosotros mismos. No caigamos en la tentación del consumo compulsivo que nos impone la sociedad del capitalismo. Digamos no a los anuncios que nos entran por los ojos e incluso hasta por las emociones para consumir en exceso, generando derroche.

La Navidad no es consumo; la Navidad no es gasto; la Navidad es alegría, es Buena Noticia. Es Caridad, es Amor. Es el Nacimiento del Hijo de Dios. Y eso no cuesta.

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La educación, un derecho básico del niño

El 20 de noviembre celebramos el “Día internacional del niño”, que surge para concienciar a la sociedad sobre la importancia de proporcionar a los más pequeños una infancia digna y feliz que les permita construir su identidad como persona, es el marco desde el cual hemos de considerar la educación como un valor básico para tal fin. En este  marco nos preguntamos si la familia actual, primer ámbito de acogida y reconocimiento del niño para educarle e integrarle en la gran familia humana, está respondiendo a dicha finalidad.

Sociólogos y analistas importantes están bastante de acuerdo en diagnosticar que nuestra sociedad está sumida en una gran crisis pedagógica que afecta a las transmisiones y por tanto a la socialización y a la educación del niño. Y qué duda cabe, a las instituciones educativas tradicionales comenzando por la familia.

 

Sin entrar en consideraciones sobre los modelos de familia vigentes en la sociedad actual y en su influencia en la educación de los hijos –que son muchas y muy importantes-, existen factores socioculturales  que planean interrogadores sobre las respuestas que la mayor parte de las familias están dando en y desde su faceta educadora. El individualismo creciente que la modernidad nos ha dejado a través de varios siglos es uno de ellos. Conforma la “cultura del yo” (H. Béjar, 1993).  Atrapada en sus redes, la familia,  se ha alejado de la vida pública. El llamado “Estado providencia” ha ido asumiendo tareas que le son propias, sobre todo en el terreno de la educación. Muchos padres en la actualidad han desertado de su labor educativa para delegar totalmente en el Estado. Sus consecuencias en relación con muchos problemas que plantea la educación son fáciles de deducir.

 

Y no le va a la zaga la renuncia de muchos padres al ejercicio de la autoridad sobre los hijos. La familia actual, intentando superar el autoritarismo de otros tiempos, no ha sabido o no ha podido conjugar el debido equilibrio autoridad-libertad, fundamental en cualquier proceso educativo y socializador. Si a estos dos importantes factores unimos las prisas y la provisionalidad como notas distintivas en las relaciones sociales, y la influencia de la llamada “sociedad del postdeber o de las vivencias” (G. Lipovetsky, 1994) que sitúan como eje experiencial familiar el clima emocional y la obsesión por el disfrute, nos encontramos con un tipo de familia incapaz de realizar proyectos comunes, como es el de la educación, que requieren el largo plazo.

El “Día internacional del niño” es una invitación a la reflexión.

 

 

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El fracaso de la política

congreso diputados

Desde que la dimensión política de la vida comenzó a ser en el mundo clásico  materia de reflexión filosófica y experiencia vital en su aplicación práctica, se ha manifestado a través de la historia de muchas y diferentes maneras. Pero ha sido el ágora, como metáfora de la democracia, la  que ha logrado su más amplia aceptación con sus dos principios básicos: el diálogo integrador y la participación  sin exclusiones. Hoy, sin lugar a dudas, consideramos a la democracia, con todas sus imperfecciones, como el mejor sistema político.

En su praxis  actual han irrumpido con fuerza dos factores que están siendo determinantes en la aplicación práctica de esos dos principios: La influencia de los medios de comunicación en la toma de decisiones políticas, y la aparición y auge de los populismos. Ambos han colaborado a que la acción política salga del ágora a la calle, y con ello, la mayor posibilidad de participación y concienciación en la acción política; pero de alguna manera son también responsables del deterioro que está sufriendo últimamente nuestra joven democracia.

El mundo de la televisión y de las redes sociales, manejadas por intereses ideológicos, se convierten muy a menudo en instrumentos de adoctrinamiento político y vías de ruido caótico con peligrosos efectos sobre el sistema democrático. Es frecuente en sus tertulias y mensajes anteponer el monólogo partidista y la agresividad verbal al diálogo serio y argumentativo sobre las ideas. La política degenera de esta manera en espectáculo y olvida su principal finalidad: la consecución del bien común.

Las ideologías populistas surgen como contrapunto al fracaso político del mismo sistema democrático minado por la corrupción y la aplicación de políticas injustas. Representan en principio una respuesta política sincera y argumentada; pero cuando se sitúan en el ámbito del antisistema y la demagogia con el único objetivo de la movilización por la movilización, y sostenidos  por un discurso simplista y dualista de buenos y malos suscitando el odio político, devienen en fundamentalismo político. Al generar resentimiento y desconfianza en la sociedad rompen toda actitud de diálogo integrador  y posibilitan el fracaso de la acción política.

La crisis política de Cataluña es un auténtico paradigma de fracaso político. El uso torticero de los medios de comunicación por el poder político y el intento de exclusión del diferente dentro y fuera del ágora por una ideología excluyente, ha minado  el sistema democrático y ha producido una fractura social que va a tardar mucho tiempo en recomponerse. Trabajar con esperanza por esta reconstrucción es el camino de la buena política.

 

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