Por Pedro Díaz-Maroto Tello

Escuché tal comentario en un programa matutino de radio mientras vendimiaba. El señor que se quejaba era el entonces presidente de la asociación de comerciantes de bebidas alcohólicas. El motivo de su indignación, bien se le notaba al pobre por el tono acelerado de su voz, no era la nueva subida del impuesto sobre el tabaco, las bebidas alcohólicas y, dicho sea de paso, el carburante, sino el comentario de “beber alcohol es malo”. “¿Cómo que es malo? – decía –  Bebido en su justa moderación es bueno. Si nos suben los impuestos no será por eso, sino por otra cosa. Me quejo por dignidad”.

Les confieso que me convencí, que atisbé el banco de niebla que empañaba el esplendor de su dignidad ultrajada. Esa niebla se llama falsedad, o engaño si algo se dice con intención de inducir a error. Ambas duelen y perjudican. Desde luego la segunda mucho más, aunque se diga lo mismo. Les duele a los niños, les duele a los ancianos, a las parejas, a los socios. Y a la opinión pública. Por el contrario, los seres humanos no conoceremos toda la verdad, y lo que conocemos no será absoluto y definitivo, sino creciente y progresivo. Pero aunque no sepamos, podemos llegar a saber. Y aunque no sepamos todo, podemos distinguir si nuestro conocimiento se adecúa a la realidad mucho, poco, nada o incluso si va contra ella.

Yo, junto con ese señor, también me sentí herido en mi dignidad: una cosa es que nos traten de necios, es decir, de ignorantes en muchas materias, que esto es una gran verdad, y otra es que nos traten de estúpidos, es decir, gente incapaz de llegar a conocer nada.

Llegó la hora del almuerzo, saqué el bocadillo de jamón y elevando un chato de vino al cielo recordé a este señor: “por nuestra dignidad”.