Instinto

fotografía de Pixabay
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«Los adolescentes necesitan: en primer lugar crear su grupo, es decir, pertenecer a una tribu; demostrar a la tribu que son fieles a la tribu; y, por otra parte, buscar pareja». Estas son, según Álvaro Bilbao, neuropsicólogo de cabecera del programa Fin de Semana de COPE, las «tres claves cerebrales» en las que se desenvuelve la vida de los adolescentes (COPE, 10-06-2018. Programa Fin de Semana, Escuela de Padres). http://www.cope.es/audios/escuela-padres-con-alvaro-bilbao/alvaro-bilbao-los-ninos-son-mentirosos-patologicos_509150

Es importante añadir aquí que cuando el neuropsicólogo habla de estas tres claves cerebrales de los adolescentes, no se está refiriendo a los ejemplares jóvenes pertenecientes a una manada de leones, lobos marinos o babuinos, sino a los pertenecientes a la especie Homo sapiens sapiens. Una especie a la que parece pertenecer el propio neuropsicólogo y a la que seguramente pertenecerán la mayoría de los que lean estas líneas.

Hace mucho tiempo, en una sociedad humana muy, muy lejana —según parece—, se enseñaba en las escuelas que los principales indicios para distinguir a los primeros humanos de sus arcaicos antecesores primates se referían a la capacidad de fabricar herramientas, crear arte abstracto, desarrollar ritos funerarios, demostrar una cierta espiritualidad … Pero ahora sabemos que en realidad eso no era correcto. Por fin hemos descubierto que no es tanto lo que diferencia nuestro ADN ni nuestro cerebro del de los animales y, además, los animales son también sujetos de derechos (por supuesto, no de obligaciones) y deben ser objeto de una protección igual —y a veces superior— a la que se merece cualquier ser humano. Después de todo, los animales cuidan y protegen el planeta, mientras que el hombre es un ser abyecto y enemigo del medio ambiente cuya única aportación a la historia del planeta ha sido destrucción, deforestación y basura no biodegradable.

Pero todos esos «logros» no eran suficientes: ahora sí que empezamos a tener un enfoque verdaderamente científico del comportamiento humano y de su cerebro. Lo importante no es diferenciarnos de los animales, sino parecernos cada vez más a ellos: tener sus mismas necesidades, sentir sus mismas pulsaciones y adoptar los mismos comportamientos. Por eso lo mejor es que —ya desde adolescentes— los ejemplares jóvenes de nuestra especie entiendan que sus necesidades cerebrales básicas son pertenecer a una tribu (o, mejor, a una manada), buscar siempre la aprobación de la masa y garantizarse el ejercicio de la vida sexual.

El problema es que las especies que sobreviven suelen hacerlo gracias a su instinto de conservación. Y lo que nos ha hecho prosperar como especie es precisamente lo que nos distingue de los animales, ya que ni en fuerza ni en velocidad ni en número podemos competir con la mayoría de ellos. Por eso, la falsa humanización de los demás animales y nuestra propia despersonalización como seres humanos, es decir, la pérdida de nuestro instinto de conservación, solo nos llevará a la desaparición como especie. Y es que, como dice la letra de la vieja canción infantil, «cada día que amanece el número de tontos crece … crece … crece».

 

 

GRUPO AREÓPAGO

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