Areópago Diálogo

“Hacia una cultura del encuentro"

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¿Qué es un matrimonio?

matrimonio

El Tribunal Supremo ha dictado una sentencia en la que reconoce el derecho a pensión de viudedad española a las dos mujeres casadas con un soldado marroquí polígamo. Esta sentencia rectifica la decisión adoptada por la Seguridad Social y por el primer tribunal que conoció el caso, que solo reconocían el derecho a la primera mujer, considerando —conforme a la propia doctrina anterior del Tribunal Supremo— que  la bigamia es un delito en nuestro ordenamiento jurídico y, por tanto, reconocer a esa situación efectos jurídicos atentaría contra la concepción española del matrimonio y contra la dignidad constitucional de la mujer. Dos magistrados de la sala suscribieron voto particular en contra del parecer mayoritario de la sala, considerando que la aplicación de este criterio interpretativo ataca nuestra cultura y nuestro sistema de valores, va en contra de la dignidad de la mujer y  abre brechas que debilitan nuestras señas de identidad.

La Constitución Española se limita a afirmar, en su artículo 32, que el hombre y la mujer tienen derecho a contraer matrimonio. Y el Código Civil, en el 44 y siguientes, establece los requisitos, forma de celebración y efectos. Pero no existe una definición legal de matrimonio. Esto es así porque, en nuestra cultura, nunca ha sido necesaria tal definición legal: todos sabían lo que era un matrimonio desde el Derecho Romano hasta nuestros días. La definición del matrimonio dada por juristas romanos como Ulpiano o Modestino difería más bien poco de la que en el siglo veinte formulaba Castán: “la unión legal de un hombre y una mujer para la plena y perpetua comunidad de existencia”. Esta idea de matrimonio ha servido de cimiento al progreso de la sociedad occidental durante siglos, sustentando también un determinado concepto de familia que —como célula básica de la sociedad— ha configurado nuestra civilización.

Ahora se destruye esa célula sin aportar alternativa. El matrimonio ya no es estable, sino que se puede romper con más facilidad que cualquier otro contrato. Tampoco se concibe necesariamente desde la complementariedad entre hombre y mujer. Y parece que ahora tampoco tiene que estar formado, necesariamente, por un solo hombre y una sola mujer.

En definitiva, para el ordenamiento jurídico, los tribunales y las leyes no existe ya el matrimonio según el concepto de Ulpiano o de Castán. Pero ¿alguien sabe qué es el matrimonio en España hoy? ¿Qué sociedad podemos construir si no sabemos con qué células lo vamos a hacer? ¿Es igual de valioso para la sociedad el matrimonio único, estable y entre sexos que el formado, por ejemplo, por dos hombres y dos mujeres?

Deberíamos entre todos plantearnos seriamente esta cuestión. Porque si todo vale para ser llamado matrimonio, ¿qué sentido tiene proscribir como delito la bigamia? Pero también podemos preguntarnos qué sentido tiene prohibir el matrimonio entre hermanos o entre hijos y padres.

Si la decisión personal e individual es la única fuente creadora de matrimonio y esa decisión obliga a la sociedad al reconocimiento de efectos como matrimonio para cualquier tipo de unión, simplemente habrá dejado de existir el matrimonio. Cuando cualquier cosa sea matrimonio, en realidad nada lo será.

 

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La moda, un falso ideal

En las últimas semanas están ocupando portadas y noticias los diferentes desfiles de pasarelas que dan comienzo a la semana de la moda en nuestro país, y que pretenden dibujarnos las supuestas líneas que marcarán los estilos del año.

Se nos proponen unos modelos y cánones “perfectos”, que pretenden vendernos como fórmulas de la felicidad. Sin embargo, tal y como pone de manifiesto una simple consulta al diccionario, la moda no es sino simplemente un conjunto de perfiles que se usan durante un periodo de tiempo determinado. Por definición, la moda será efímera, tendrá un fin. Es la imagen que resume a la perfección uno de los males más característicos de nuestra sociedad: la ausencia de auténticos modelos solventes y duraderos. El bombardeo indiscriminado de influencias que recibimos y la dificultad de encontrar referentes sólidos hacen que muchos jóvenes tengan sus modelos de vida en ideales superfluos y caducos, sin llegar a profundizar en los valores que formarán su personalidad y que le acompañarán toda la vida.

En una sociedad visiblemente acomodada en la superficialidad y con gran cantidad de prejuicios, se hace imprescindible que nos paremos a pensar si estamos viviendo de forma auténtica y no siendo meros imitadores de patrones cortoplacistas. Si estamos siendo capaces de vivir nuestro propio ideario, que es Verdad actualizada a nuestra vida, sin fecha de caducidad.

Planteémonos que quizás nosotros mismos estamos llamados a ser referencia viva en nuestra propia familia, en nuestro trabajo, en nuestro ambiente; porque sólo empezando por nosotros mismos, ofreciendo a los demás las capacidades que tenemos, podremos ser creadores de “moda” y empezar a cambiar el mundo.

 

 

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La responsabilidad de todos ante la enfermedad

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El día de la Festividad de Nuestra Señora de Lourdes, un 11 de febrero de 1992, San Juan Pablo II instituyó la Jornada Mundial del Enfermo. Ya han pasado 26 años desde la primera conmemoración que este año lleva por lema: “Ahí tienes a tu hijo… Ahí tienes a tu madre. Y desde aquella hora, el discípulo la recibió en su casa”. Un lema, de esta XXVI Jornada, que nos tiene que conmover y hacer reflexionar.

Son palabras de Jesús a Juan desde el sufrimiento en la cruz, según ha indicado el Papa Francisco. Palabras que deben ayudarnos a darnos cuenta de la importante e ingente labor que tiene la Iglesia, servidora siempre de los enfermos y de los que cuidan de ellos. La Iglesia como madre que se preocupa por todos nosotros, sanos y enfermos. Una labor que es reconocida por creyentes y no creyentes, y que a la vez es desconocida. Desconocida porque no se pone en valor el trabajo de la Iglesia, como ocurre con Cáritas y la atención a los más necesitados; una labor que llega donde nadie llega y como nadie llega.

Los avances científicos están contribuyendo en muchas ocasiones a sanar y paliar el dolor, a ofrecer esperanza a los enfermos. Sin embargo el sufrimiento y la enfermedad siguen estando presente en la vida diaria. Forman parte de nuestro ser y de nuestra naturaleza. Quien más o quien menos ha sufrido el dolor y ha conocido la enfermedad en los demás. La enfermedad no es algo ajeno a nosotros.

Cada vez que celebramos un día mundial existen campañas de sensibilización y de concienciación sobre algún problema o asunto de interés. Tenemos que acordarnos, y no solo este día, de aquellos que sufren de forma directa o indirecta la enfermedad. Cuánto dolor, cuántos enfermos, y cuántas familias. Cada día tenemos que tener presentes a los enfermos y a sus familias, rezar por todos ellos, por todos los familiares, cuidadores y profesionales de la salud que atienden cada día a quienes padecen el sufrimiento. Es responsabilidad de todos, de cada uno de nosotros, contribuir en la medida de nuestras posibilidades a lograr que la enfermedad se viva con esperanza y dignidad.

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Dios, David y Leonor

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Al leer las palabras que el rey David dirige a su hijo Salomón antes de morir, para que le sirvan como guía en su futuro reinado, resulta difícil no evocar las que el rey Felipe VI pronuncia ante su hija Leonor al imponerle el Toisón de Oro. Dice David a Salomón: “Ten valor y sé todo un hombre. Cumple los mandamientos del Señor, tu Dios; camina por sus sendas y observa sus preceptos”(1R 2, 1).

Evidentemente, en tiempos de David no existía la Constitución ni tampoco el Estado de Derecho. Por eso no llama la atención que él no se refiera a estos aspectos, sino a la ley mosaica entonces vigente. Sin embargo, sí llama la atención que, en un momento especialmente solemne y simbólico, en el que un rey católico pretende marcar a una futura reina católica las convicciones más profundas sobre las que debe fundamentar su reinado, se evite expresamente nombrar a Dios.

Y es que en la sociedad española actual, en la que se presume de haber superado tantos tabúes, en la que se lucha por “visibilizar” y “normalizar” tantas situaciones, ideas y opciones de vida, tan solo existe un tabú: Dios.  Todas las ideas son respetables, se dice, pero hablar de Dios se considera excluyente. Cualquiera puede expresar libremente sus sentimientos más íntimos —e incluso exigir que se cambie la realidad para adaptarla a sus sentimientos— pero no puede manifestar en público que su bautismo y su fe en Dios le dan fuerza y guía para hacer el bien.

La Constitución Española, como norma fundamental de nuestro Estado de Derecho, debe ser cumplida por todos como garantía de convivencia. Pero el cumplimiento de las leyes no tiene por qué implicar la desaparición de Dios del ámbito público o la necesidad de ocultar, callar o disimular la propia forma de entender la vida en aras de una pretendida neutralidad.

Con el debido respeto, Princesa Leonor, siga usted los consejos de su augusto padre: guarde y haga guardar la Constitución y guíese por los valores más profundos; y, además, que Dios guarde a su Alteza y la guíe siempre en sus decisiones, bendiciéndola con un largo y fructífero reinado durante el que los españoles gocemos de paz y prosperidad.

 

 

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El nuevo Narciso. Hiperconsumo y felicidad

Enero siempre ha sido famoso por su “cuesta”. Una sabia metáfora popular para simbolizar  las fatigas que producen los excesos navideños y el aumento de los precios.  La sociedad actual, sin embargo, habla de enero como el “mes de las rebajas”. Es una de las grandes mutaciones que la postmodernidad ha introducido en nuestro vivir cotidiano. Durante este mes, las grandes “catedrales” del consumo, desde el poder seductor de los medios publicitarios, se transforman y revitalizan.

Sin duda, el consumismo es el nuevo y principal mito de la sociedad actual. Hoy día se puede decir que es un auténtico paradigma que dirige las pautas de comportamiento de una gran mayoría de individuos (Z. Bauman, 2001 ). Algunos sociólogos hablan ya de una nueva época en la que se entroniza el hiperconsumismo, pues absorbe e integra cada vez a más esferas de la vida social y produce un nuevo estilo de vida: consumir por consumir. A su sombra nace una cultura hedonista que invita a las personas a la satisfacción inmediata de sus deseos y necesidades, estimula las urgencias de los placeres y coloca en un pedestal el paraíso de la comodidad, el confort y el ocio. La nota dominante es consumir con impaciencia, viajar, divertirse, no renunciar a nada. El pasado y el futuro no existe, sólo el presente, el aquí y el ahora. Esta nueva sociedad que unos llaman de las vivencias, o del postdeber, y otros la califican de líquida, está forjando un nuevo tipo de hombre centrado en sí mismo, hecho de instantes y retazos, sin proyectos ni ideales por los que merece la pena vivir. Un yo sin raíces y lazos. Es el nuevo Narciso.

Creemos que es hora de preguntarse: ¿Es feliz el nuevo Narciso? ¿Esta nueva cultura hace al hombre más feliz? Hace ya muchos años que Aldous Huxley escribió su célebre novela “Un mundo feliz”. Es el relato-ficción de una humanidad avanzada que consigue la felicidad plena a través de la ciencia y la tecnología. Eso sí, irónicamente, después de eliminar la familia, la diversidad cultural, el arte, la literatura, la religión, la filosofía… ¿Era esta novela un anticipo del mundo futuro?

Saltan las alarmas cuando uno mira las estadísticas sobre suicidios, depresiones y drogodependencias. Y se aumentan, cuando en tu realidad cotidiana te encuentras con tantas personas con fluctuaciones intensas en la autoestima; con gran dependencia de los otros o imposibilidad de establecer relaciones significativas; con intensas angustias y temores; con apatía, con trastornos del sueño y del apetito, con desesperanza…Esta triste realidad impacta: ¿Es feliz el nuevo Narciso?

 

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Combatir la soledad

Acaba de conocerse la noticia de que la Primera Ministra del Reino Unido, Theresa May, ha encargado a uno de sus ministerios la elaboración de un Plan Interministerial que tendrá como objetivo “combatir la soledad”.

Diferentes informes en el país ponen de manifiesto que alrededor de 200.000 ancianos no han hablado con un amigo o con un pariente en más de un mes. A ellos se suman una importante cantidad de personas que poseen algún tipo de discapacidad y viven sin compañía.

Más allá del efecto demagógico y mediático que se busca con esta iniciativa en un contexto de crisis gubernamental -la misma fue propuesta en su momento por una joven diputada del partido de la oposición que fue asesinada en 2016 justo unos días antes de la celebración del referéndum sobre la salida del Reino Unido de la Unión Europea-, impresiona el saber que existen tantas personas en un país desarrollado que viven en soledad. En una sociedad avanzada donde existen todos los medios de comunicación que el hombre ha podido soñar, hay personas que viven alejadas de sus familias, no integradas en su comunidad, sin vivir lo que significa la auténtica vecindad.

Seguramente no pocos pensarán que todo ello es la consecuencia de una mentalidad muy alejada de la nuestra, llamada informalmente mediterránea, donde la familia es una de las instituciones más valoradas en torno a la cual giran las vidas de las personas. Sin embargo, si pensamos en los datos que nos ofrecen las estadísticas referidas a España, podemos aventurar que en un futuro a corto plazo, estaremos viviendo una situación muy similar: la reducción de uniones estables, el aumento imparable del número de divorcios, la disminución de la natalidad, la práctica imposibilidad de conciliar la vida laboral y familiar son elementos que apuntan a ello.

Quizás aún estamos a tiempo de rectificar. ¿Por qué no optar por políticas públicas que fomenten la unidad de la familia? ¿Por qué no valorar la aprobación de planes de aumento de la natalidad? ¿Por qué no legislar en materia de horarios laborales y de trabajo a distancia para permitir a los matrimonios tener más hijos si así lo desean y poder atender a nuestros mayores?

Si no queremos vernos en la tesitura de tener que aprobar ministerios de la soledad, quizás deberíamos empezar de forma urgente por poner en práctica planes para promover la natalidad, fortalecer el matrimonio y la familia, recuperar el concepto de vecindad y, en definitiva, hacer verdadera comunidad.

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La ideología de género y el silencio de los buenos

 

generoDesde hace poco más de una década se ha instalando en España (y en otros países occidentales) una ideología que afecta de manera directa a la propia identidad personal y al modo en el que entendemos las cuestiones más decisivas de nuestra afectividad. Se trata de la ideología de género, que vertebra varias de las leyes elaboradas en los últimos años y que domina buena parte del lenguaje periodístico y social. Muy pocas personas dejan de utilizar expresiones como “violencia machista” incluso cuando la motivación de ese acto violento execrable haya sido diferente al “odio o menosprecio hacia las mujeres”: motivación económica, venganza pasional por una infidelidad, por problemas mentales o incluso por autodefensa.

No faltan, tampoco, medios de comunicación que dan instrucciones a sus profesionales para ocultar las verdaderas causas de la violencia cuando el hombre ha actuado por estas motivaciones. A casi nadie le sorprende que nunca se hagan actos de repulsa contra mujeres que han asesinado a su pareja o a sus hijos, o que se oculten las escandalosas cifras de maltrato hacia ancianos, o que no se hable del alarmante aumento de suicidios en los últimos años y en los que los hombres triplican a las mujeres (2.938 hombres y 972 mujeres en 2014) y se oculte la información de los suicidados que estaban en trámites de divorcio.

Es preocupante que casi todos los partidos políticos hayan caído en la trampa de confundir lucha por la igualdad de la mujer con feminismo de género –que es solo una de las formas de feminismo-, de confundir el respeto a las personas homosexuales con la promoción de su manera de entender la afectividad y la sexualidad; y de confundir la comprensión hacia las personas transexuales con la aceptación del dogma de género que excluye toda fundamentación natural en la identidad sexual.

Los partidos políticos no han tenido las agallas ni las luces suficientes para distinguir ambos aspectos de esa realidad. Y todo ello a pesar de que la neurociencia, la psicología evolutiva y el sentido común rechazan frontalmente los fundamentos mismos de esta ideología.

Pero el problema no radica en el servilismo político, sino en la ausencia de un discurso cultural alternativo y eficaz, y en el silencio cómplice de tanta gente sencilla que piensa de otro modo. Especialmente preocupante es la actitud vergonzante de quienes profesan unas convicciones frontalmente contrarias a dicha ideología como es el caso del cristianismo social. La ideología de género debe su avance no solo al empeño eficiente de ciertos lobbys que aglutinan cuantiosas subvenciones, sino a la mudez de tantos cristianos que no están sabiendo responder a sus ataques. Tal vez porque esta batalla cultural exige unos mínimos conceptos de psicología y antropología que es necesario adquirir leyendo, o tal vez porque es mucho más cómodo pasar desapercibidos cuando en nuestro ambiente se comenta alguna noticia o decisión política con las que se difunde la ideología. No se entiende tanto silencio, en tanta gente, con tanta resignación ante la extensión de un error tan falso y tan nocivo.

 

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De la aporofobia a la caridad

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“Aporofobia: Fobia a las personas pobres o desfavorecidas”. Desde el pasado mes de diciembre esta palabra forma parte del Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española y según la Fundación del Español Urgente, Fundéu, es la palabra del 2017.

Resulta sorprendente –y es triste– que el término “Aporofobia”, acuñado por la filósofa Adela Cortina, sea cada vez más necesario para describir lo que está ocurriendo en nuestra sociedad:  el rechazo a las personas desfavorecidas, a los refugiados o a los pobres. La repugnancia y la hostilidad hacia el pobre se han acrecentado en los últimos años. Los jóvenes son más clasistas; los valores de la humildad y de la pobreza están desapareciendo; los pobres molestan.

En los años de mayor crisis económica algunos estudios informaban del aumento de la solidaridad: cuanto peor estábamos, mayor compromiso hacia las personas desfavorecidas había. Sin embargo, con la mejoría de la situación económica, paradójicamente surge el concepto que pone nombre a las situaciones de discriminación y rechazo hacia las personas pobres.

Todavía necesitamos trabajar por una sociedad donde la justicia social prevalezca, donde el respeto a la persona humana sea prioritario, donde todos tengamos los mismos derechos y oportunidades, donde todos tengamos la misma dignidad pese a las circunstancias personales, sociales y económicas de cada uno. No podemos permitir que el odio y el desprecio a los más pobres domine nuestro mundo.

El pasado 19 de noviembre el Papa Francisco en la I Jornada Mundial de los Pobres, afirmó que “nos hará bien acercarnos a quien es más pobre que nosotros, tocará nuestra vida. Nos hará bien, nos recordará lo que verdaderamente cuenta: amar a Dios y al prójimo”.

Ahora que comienza un nuevo año, no olvidemos a los más pobres, a los refugiados, a los inmigrantes, a las personas sin hogar y que la palabra del próximo año 2018 sea Cáritas, el amor a los demás.

 

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¿Qué te han echado los Reyes?

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Esta es la primera pregunta con la que solemos enfrentarnos en la fiesta de los Reyes Magos. Y seguramente será el principal tema de conversación para nuestros hijos cuando se reanuden las clases en el colegio. El regalo de Reyes, extendido a toda la Navidad en otras culturas, es uno de los fenómenos sociales que han prendido con mayor fuerza en el proceso de inculturación que ha realizado la tradición cristiana en estas fechas navideñas.

El profundo, rico y diverso simbolismo antropológico y teológico que contiene el acontecimiento de los magos de Oriente narrado por el evangelista Mateo con una finalidad catequética, ha quedado reducido prácticamente a una sola dimensión: la del regalo. Eso sí, totalmente desvinculada para muchos de su originalidad cristiana enraizada en la experiencia del don, y fuertemente estimulada por nuestra esquizofrénica sociedad de consumo. Las demás dimensiones simbólicas que dan significado al acontecimiento han quedado oscurecidas para una amplia mayoría social. Es el caso de la búsqueda del sentido de la vida, la universalidad del mensaje de Jesús o su manifestación mistérica a los hombres de buena voluntad.

Es indudable que ello no reduce la importancia experiencial del regalo, pues, tanto a nivel psicológico como social, el dar y el recibir favorece la interacción entre personas, ayuda a establecer y definir relaciones y fortalece los vínculos familiares y de amistad.

Pero si la tradición del regalo es importante para los adultos, toma un especial significado para los niños en la noche de Reyes. La magia que para ellos representa todo este gran acontecimiento escenificado en la preparación de su “carta” donde idealiza sus deseos, ha de ser objeto de reflexión para los padres por la trascendencia educativa que puede tener.

El valor educativo y social del juego es un hecho reconocido por pedagogos y psicólogos. El juguete es sólo un instrumento subordinado a esta finalidad. Y es desde este principio desde donde los padres hemos de valorar los posibles desajustes psicológicos y educativos que pueden producir en los niños una equivocada pedagogía del acontecimiento y del regalo de Reyes.

El influjo totalitario que ejerce hoy día la publicidad decretando lo que es bueno y lo que está bien, y creando necesidades superfluas, puede desorientarnos en nuestra tarea educativa de acompañar un acontecimiento tan especial para nuestros hijos como es esta fascinante “noche”. Tal vez sea en esto perfectamente aplicable aquella célebre frase de Montaigne: “El niño no es una botella a llenar, sino un fuego que es preciso encender”.

 

 

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El Síndrome de Ulises

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Ulises, primer personaje migrante que la historia literaria de ficción nos ha dejado para la posterioridad, en uno de los pasajes de su vida enfrentada a la adversidad lejos de su familia, para protegerse del gigante Polifemo le dice: “preguntas cíclope cómo me llamo… Mi nombre es Nadie, y Nadie me llaman todos”. Este “Nadie” puede ser hoy la metáfora perfecta para significar al hombre migrante: al sin papeles, sin nombre, sin hogar, sin trabajo…

El psiquiatra Joseba Achotegui, de la Universidad de Barcelona, ha utilizado el nombre de este personaje mitológico para describir los males que afectan o pueden afectar a las personas migrantes como consecuencia  de la separación forzada de los miembros de la familia, los peligros del viaje migratorio, el aislamiento social, la sensación de fracaso, la lucha extrema por la supervivencia…

Pues bien, a este “Nadie” es a quien el Papa Francisco dedica su mensaje y reflexión en la Jornada Mundial de la Paz del año que comienza, asociando su vida a la búsqueda de la paz.

El fenómeno de la migración al que se ha unido últimamente el de los refugiados que huyen de la guerra es uno de los desafíos más importantes que tiene nuestra civilización, y representa la manifestación más sangrante de la desigualdad, la injusticia y el empobrecimiento del mundo actual. Considerado por unos como un problema, pues produce incomodidad y llamada de atención para nuestras vidas instaladas en el confort; representa para otros, sin embargo, la clave para medir la estatura democrática de un país.

Nuestra mirada a la emigración se alimenta de imágenes construidas sobre un conjunto de tópicos que dificultan el afrontar con seriedad las verdaderas necesidades que plantea. Desde aquellos que vinculan emigración con delincuencia, hasta la consideración que se tiene de ella como una especie de invasión que deja sin trabajo a los nativos, se configuran una serie de prejuicios que ayudan muy poco a la integración del emigrante. Se obvia, sin embargo  los aspectos positivos y enriquecedores que aportan a la sociedad en la que se integran.

En esta Jornada Mundial de la Paz nuestra reflexión nos ha de llevar a considerar que el emigrar es un derecho fundamental e inalienable de todo hombre, vinculado a la afirmación de su dignidad como persona. Sin que esto signifique que no haya que regular los flujos migratorios. Desde la puesta en valor del principio de hospitalidad para construir la convivencia humana y la paz, el Papa nos propone cuatro “piedras angulares”: acoger, proteger, promover e integrar.

 

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