Areópago Diálogo

“Hacia una cultura del encuentro"

Month: abril 2018

Salud espiritual

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El pasado 7 de abril se celebró el Día Mundial de la Salud. Si hiciéramos una estadística sobre lo que cada persona considera más importante en su vida, probablemente la respuesta mayoritaria sería que su salud y la de los suyos. Es para muchos el bien más valorado que poseen.

Se celebra ese día para conmemorar la fundación de la Organización Mundial de la Salud, la OMS, la institución que pretende ser referente en cuanto a recomendaciones para optimizar y cuidar nuestra salud.

A raíz de este día, podemos pararnos a pensar en otra salud: la salud espiritual. Esa salud que podemos definir como la capacidad que tenemos para encontrar significado, esperanza, consuelo y paz interior en nuestra vida.

Hoy día, aunque no esté etiquetada con el nombre de salud espiritual, está muy de moda esa búsqueda del yo interior, bien sea a través del yoga, reiki o el “yoísmo”.

Esta última palabra aparece frecuentemente en una publicidad que pretende difundir la idea de que uno ha de pensar en sí mismo por encima de todo lo demás. Sin embargo, muchas veces, ese “yo” está lejos de aportar la esperanza y paz que en su eslogan prometían los promotores del método.

Según algunos expertos, la búsqueda exclusiva de la satisfacción de las necesidades más inmediatas del “yo” está en la raíz del estrés, la frustración  y la ansiedad que sufre un gran porcentaje de la sociedad. Por lo tanto, la salud espiritual está mucho más relacionada con nuestra salud física de lo que a veces creemos, porque esta al final refleja nuestro estado interior.

Aprovechemos para pensar en cómo estamos cuidando cada uno nuestra salud. Al igual que vamos al médico hacernos chequeos periódicamente, deberíamos pensar y reflexionar sobre qué nos está aportando paz y qué no, cuál es el ejercicio que necesitamos para estar en forma espiritualmente y de qué debemos hacer dieta para poder sentirnos mejor. Quizás sean buenas medicinas desterrar la crítica de nuestro día a día, ejercitar más la caridad con los que están en nuestro alrededor y cambiar la queja por una sonrisa.

El Papa Francisco recordaba que “la salud espiritual de una nación se ve por sus familias”. Experimentemos en nosotros mismos esa alegría y seguro que nuestra salud interior y la de nuestras familias se optimiza. Comencemos por una sonrisa.

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El hilo de Ariadna

ariadnaTodas las civilizaciones, culturas y sociedades que se han sucedido a través de la historia se han visto sometidas a las experiencias propias de la vida humana: han nacido, evolucionado, se han expandido, languidecido y, por supuesto, fracasado y muerto. A estas experiencias vitales no es ajena nuestra cultura y estilo de vida actual. No puede eludir, por tanto, los fermentos de descomposición que como nuevos “minotauros” intentan devorarla.

No es tarea fácil para el simple observador de la realidad reconocer estos fermentos, pero tal vez se nos facilite el análisis si aplicamos un serio discernimiento a la respuesta que dio Gandhi cuando le preguntaron sobre los factores que podrían destruir al ser humano: “política sin principios, comercio sin moral, riqueza sin trabajo, educación sin carácter, ciencia sin humanidad, placer sin consciencia y religión sin sacrificio”.

A la vista queda, según estas sabias palabras, que la sociedad actual, si no está totalmente fracasada, sí está enferma y necesitada de una importante regeneración. Y puestos a discernir, es fácil constatar -recurriendo nuevamente al recurso del lenguaje mitológico- que aunque existen muchos “teseos”, personales y colectivos implicándose en la muerte del “minotauro” o “minutauros” que están fagocitando al hombre y a la sociedad actual, les resulta muy difícil ponerse de acuerdo sobre cuál es el “hilo de Ariadna” que permita salir de la caverna.

Hay un consenso muy generalizado entre las mentes más lúcidas del mundo actual en continuidad con el pensamiento clásico en señalar a la ética, y desde nuestra perspectiva a la ética de la virtud, como ese único hilo conductor capaz de sanar cualquier sociedad. “Sin ética no hay futuro posible, ni a nivel local, ni a nivel global” (F.Torralba 2016). Proponer las virtudes, tan desprestigiadas en los últimos siglos y ausentes en la actualidad como reliquias del pasado, como categoría ética supone considerarlas ejes de la tarea que en todos los tiempos ha sido su centro: buscar y enseñar la vida buena, personal y social.

Acontecimientos actuales de nuestra vida política, económica y social, donde la mentira, el cinismo, la corrupción, la insolidaridad, el ataque furibundo al adversario…, campan a sus anchas, producen sin duda indignación. Pero la indignación sin compromiso es un simple acto emotivo que no regenera, sino entristece.

Nuestro compromiso actual es buscar y enseñar la ética de las virtudes. Tarea ardua y trabajosa que ha de tener a las instituciones educativas, principalmente a la familia, y a la escuela como principal marco de entrenamiento. Es nuestro “hilo de Ariadna”.

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Póngame cuarto y mitad de máster

FOTOGRAFÍA DE EFE

FOTOGRAFÍA DE EFE

Cuentan que el último día de la travesía, tras varias semanas de navegación, el segundo oficial del barco escribió en el diario de a bordo: “el capitán no se ha emborrachado hoy”. Esto era verdad, por supuesto. Pero también lo era que ninguno de los días anteriores el capitán se había emborrachado. El oficial no dijo, por tanto, ninguna mentira y, sin embargo, el capitán fue expedientado por embriaguez habitual, una falta que no había cometido.

Quiere esto decir que, tanto en la navegación como en el resto de actividades de la vida y de la política, para ser sincero no basta con no decir ninguna mentira; es necesario además decir positivamente la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad, como escuchamos en los juicios americanos. Es por ello que una primera aproximación al asunto en que se ha visto envuelta la presidenta de la Comunidad de Madrid, en relación con las presuntas irregularidades de un máster, lleva a exigirle que no se limite simplemente a no decir ninguna mentira, sino que diga positivamente la verdad. Y está bien que así se haga.

Pero una segunda aproximación nos debe llevar a caer en la cuenta del peligro de degradación en el que se encuentra la universidad española, precisamente en un nivel académico —el de posgrado— en el que se pretende ofrecer y se debería exigir una especial seriedad. Debemos preguntarnos si los másteres que ofrece hoy la universidad española son realmente herramientas de capacitación y especialización profesional de alto nivel o se convierten —especialmente en los ámbitos de las humanidades y las ciencias sociales— en títulos vacíos de contenido y de la más mínima exigencia, diseñados más bien para sufragar el grave déficit económico de nuestras universidades, para agrandar artificialmente el prestigio de los políticos o, en el peor de los casos, para otorgar una determinada etiqueta ideológica de “políticamente correcto” para acceder a determinados puestos de libre designación.

Por último, es legítimo y necesario exigir responsabilidades a la señora Cifuentes, pero no solo en materias ajenas a la política, sino, ante todo, es necesario exigir a los políticos transparencia, coherencia y sinceridad en su acción política. Y entonces, ¿cómo es que casi nadie exige responsabilidades a la señora Cifuentes por una política absolutamente contraria a los principios y valores cristianos, por ejemplo, que su partido algún día aparentó y afirmó defender? ¿Engañar en un máster tiene consecuencias graves y engañar en materia de principios ninguna? Una sociedad que cuela el mosquito y se traga el camello es una sociedad hipócrita. Y enferma.

 

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