Areópago Diálogo

“Hacia una cultura del encuentro"

Month: enero 2018

La ideología de género y el silencio de los buenos

 

generoDesde hace poco más de una década se ha instalando en España (y en otros países occidentales) una ideología que afecta de manera directa a la propia identidad personal y al modo en el que entendemos las cuestiones más decisivas de nuestra afectividad. Se trata de la ideología de género, que vertebra varias de las leyes elaboradas en los últimos años y que domina buena parte del lenguaje periodístico y social. Muy pocas personas dejan de utilizar expresiones como “violencia machista” incluso cuando la motivación de ese acto violento execrable haya sido diferente al “odio o menosprecio hacia las mujeres”: motivación económica, venganza pasional por una infidelidad, por problemas mentales o incluso por autodefensa.

No faltan, tampoco, medios de comunicación que dan instrucciones a sus profesionales para ocultar las verdaderas causas de la violencia cuando el hombre ha actuado por estas motivaciones. A casi nadie le sorprende que nunca se hagan actos de repulsa contra mujeres que han asesinado a su pareja o a sus hijos, o que se oculten las escandalosas cifras de maltrato hacia ancianos, o que no se hable del alarmante aumento de suicidios en los últimos años y en los que los hombres triplican a las mujeres (2.938 hombres y 972 mujeres en 2014) y se oculte la información de los suicidados que estaban en trámites de divorcio.

Es preocupante que casi todos los partidos políticos hayan caído en la trampa de confundir lucha por la igualdad de la mujer con feminismo de género –que es solo una de las formas de feminismo-, de confundir el respeto a las personas homosexuales con la promoción de su manera de entender la afectividad y la sexualidad; y de confundir la comprensión hacia las personas transexuales con la aceptación del dogma de género que excluye toda fundamentación natural en la identidad sexual.

Los partidos políticos no han tenido las agallas ni las luces suficientes para distinguir ambos aspectos de esa realidad. Y todo ello a pesar de que la neurociencia, la psicología evolutiva y el sentido común rechazan frontalmente los fundamentos mismos de esta ideología.

Pero el problema no radica en el servilismo político, sino en la ausencia de un discurso cultural alternativo y eficaz, y en el silencio cómplice de tanta gente sencilla que piensa de otro modo. Especialmente preocupante es la actitud vergonzante de quienes profesan unas convicciones frontalmente contrarias a dicha ideología como es el caso del cristianismo social. La ideología de género debe su avance no solo al empeño eficiente de ciertos lobbys que aglutinan cuantiosas subvenciones, sino a la mudez de tantos cristianos que no están sabiendo responder a sus ataques. Tal vez porque esta batalla cultural exige unos mínimos conceptos de psicología y antropología que es necesario adquirir leyendo, o tal vez porque es mucho más cómodo pasar desapercibidos cuando en nuestro ambiente se comenta alguna noticia o decisión política con las que se difunde la ideología. No se entiende tanto silencio, en tanta gente, con tanta resignación ante la extensión de un error tan falso y tan nocivo.

 

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De la aporofobia a la caridad

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“Aporofobia: Fobia a las personas pobres o desfavorecidas”. Desde el pasado mes de diciembre esta palabra forma parte del Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española y según la Fundación del Español Urgente, Fundéu, es la palabra del 2017.

Resulta sorprendente –y es triste– que el término “Aporofobia”, acuñado por la filósofa Adela Cortina, sea cada vez más necesario para describir lo que está ocurriendo en nuestra sociedad:  el rechazo a las personas desfavorecidas, a los refugiados o a los pobres. La repugnancia y la hostilidad hacia el pobre se han acrecentado en los últimos años. Los jóvenes son más clasistas; los valores de la humildad y de la pobreza están desapareciendo; los pobres molestan.

En los años de mayor crisis económica algunos estudios informaban del aumento de la solidaridad: cuanto peor estábamos, mayor compromiso hacia las personas desfavorecidas había. Sin embargo, con la mejoría de la situación económica, paradójicamente surge el concepto que pone nombre a las situaciones de discriminación y rechazo hacia las personas pobres.

Todavía necesitamos trabajar por una sociedad donde la justicia social prevalezca, donde el respeto a la persona humana sea prioritario, donde todos tengamos los mismos derechos y oportunidades, donde todos tengamos la misma dignidad pese a las circunstancias personales, sociales y económicas de cada uno. No podemos permitir que el odio y el desprecio a los más pobres domine nuestro mundo.

El pasado 19 de noviembre el Papa Francisco en la I Jornada Mundial de los Pobres, afirmó que “nos hará bien acercarnos a quien es más pobre que nosotros, tocará nuestra vida. Nos hará bien, nos recordará lo que verdaderamente cuenta: amar a Dios y al prójimo”.

Ahora que comienza un nuevo año, no olvidemos a los más pobres, a los refugiados, a los inmigrantes, a las personas sin hogar y que la palabra del próximo año 2018 sea Cáritas, el amor a los demás.

 

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¿Qué te han echado los Reyes?

Reyes-Magos

Esta es la primera pregunta con la que solemos enfrentarnos en la fiesta de los Reyes Magos. Y seguramente será el principal tema de conversación para nuestros hijos cuando se reanuden las clases en el colegio. El regalo de Reyes, extendido a toda la Navidad en otras culturas, es uno de los fenómenos sociales que han prendido con mayor fuerza en el proceso de inculturación que ha realizado la tradición cristiana en estas fechas navideñas.

El profundo, rico y diverso simbolismo antropológico y teológico que contiene el acontecimiento de los magos de Oriente narrado por el evangelista Mateo con una finalidad catequética, ha quedado reducido prácticamente a una sola dimensión: la del regalo. Eso sí, totalmente desvinculada para muchos de su originalidad cristiana enraizada en la experiencia del don, y fuertemente estimulada por nuestra esquizofrénica sociedad de consumo. Las demás dimensiones simbólicas que dan significado al acontecimiento han quedado oscurecidas para una amplia mayoría social. Es el caso de la búsqueda del sentido de la vida, la universalidad del mensaje de Jesús o su manifestación mistérica a los hombres de buena voluntad.

Es indudable que ello no reduce la importancia experiencial del regalo, pues, tanto a nivel psicológico como social, el dar y el recibir favorece la interacción entre personas, ayuda a establecer y definir relaciones y fortalece los vínculos familiares y de amistad.

Pero si la tradición del regalo es importante para los adultos, toma un especial significado para los niños en la noche de Reyes. La magia que para ellos representa todo este gran acontecimiento escenificado en la preparación de su “carta” donde idealiza sus deseos, ha de ser objeto de reflexión para los padres por la trascendencia educativa que puede tener.

El valor educativo y social del juego es un hecho reconocido por pedagogos y psicólogos. El juguete es sólo un instrumento subordinado a esta finalidad. Y es desde este principio desde donde los padres hemos de valorar los posibles desajustes psicológicos y educativos que pueden producir en los niños una equivocada pedagogía del acontecimiento y del regalo de Reyes.

El influjo totalitario que ejerce hoy día la publicidad decretando lo que es bueno y lo que está bien, y creando necesidades superfluas, puede desorientarnos en nuestra tarea educativa de acompañar un acontecimiento tan especial para nuestros hijos como es esta fascinante “noche”. Tal vez sea en esto perfectamente aplicable aquella célebre frase de Montaigne: “El niño no es una botella a llenar, sino un fuego que es preciso encender”.

 

 

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El Síndrome de Ulises

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Ulises, primer personaje migrante que la historia literaria de ficción nos ha dejado para la posterioridad, en uno de los pasajes de su vida enfrentada a la adversidad lejos de su familia, para protegerse del gigante Polifemo le dice: “preguntas cíclope cómo me llamo… Mi nombre es Nadie, y Nadie me llaman todos”. Este “Nadie” puede ser hoy la metáfora perfecta para significar al hombre migrante: al sin papeles, sin nombre, sin hogar, sin trabajo…

El psiquiatra Joseba Achotegui, de la Universidad de Barcelona, ha utilizado el nombre de este personaje mitológico para describir los males que afectan o pueden afectar a las personas migrantes como consecuencia  de la separación forzada de los miembros de la familia, los peligros del viaje migratorio, el aislamiento social, la sensación de fracaso, la lucha extrema por la supervivencia…

Pues bien, a este “Nadie” es a quien el Papa Francisco dedica su mensaje y reflexión en la Jornada Mundial de la Paz del año que comienza, asociando su vida a la búsqueda de la paz.

El fenómeno de la migración al que se ha unido últimamente el de los refugiados que huyen de la guerra es uno de los desafíos más importantes que tiene nuestra civilización, y representa la manifestación más sangrante de la desigualdad, la injusticia y el empobrecimiento del mundo actual. Considerado por unos como un problema, pues produce incomodidad y llamada de atención para nuestras vidas instaladas en el confort; representa para otros, sin embargo, la clave para medir la estatura democrática de un país.

Nuestra mirada a la emigración se alimenta de imágenes construidas sobre un conjunto de tópicos que dificultan el afrontar con seriedad las verdaderas necesidades que plantea. Desde aquellos que vinculan emigración con delincuencia, hasta la consideración que se tiene de ella como una especie de invasión que deja sin trabajo a los nativos, se configuran una serie de prejuicios que ayudan muy poco a la integración del emigrante. Se obvia, sin embargo  los aspectos positivos y enriquecedores que aportan a la sociedad en la que se integran.

En esta Jornada Mundial de la Paz nuestra reflexión nos ha de llevar a considerar que el emigrar es un derecho fundamental e inalienable de todo hombre, vinculado a la afirmación de su dignidad como persona. Sin que esto signifique que no haya que regular los flujos migratorios. Desde la puesta en valor del principio de hospitalidad para construir la convivencia humana y la paz, el Papa nos propone cuatro “piedras angulares”: acoger, proteger, promover e integrar.

 

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